Monday, April 03, 2006

Morten y Krimild - II

Una nube de alas negras granzando giraba en torno a la torre de puntas. Aquél era su refugio en tiempos de tempestad, y en el incendio que ahoga aún las aves voladoras querían hallar allí donde no entraran el humo ni las llamas. Pero la campana repicaba, violentamente repicaba, y aturdía sus oídos y no podían posarse, y giraban esperando, desesperados por su refugio.

Abajo el ayudante del sacerdote saltaba para que su peso inclinara la vieja, amada y enorme campana. El bronce sacudía la torre y sentía los golpes cuando sus pies tocaban tierra, la tierra temblando por el estrépito de las criaturas. Aquellas ardillas que en borde del claro miraban a Morten y Krimild enamorados corrían sin sus crías, sin entender que había pasado. El universo completo se venía abajo.

El sacerdote, un hombre llamado Magnus, rogaba a Dios que lo detuviera y sintiera el dolor de los que sentían venir la tempestad. Él y los huérfanos a su cuidado cantaban sus alabanzas y súplicas a la noche, como un faro de música en la desesperación. Porque en verdad la oscuridad se cerraba sobre todos, la oscuridad y la asfixia, barridas por el incendio que nada podía detener. Ya ni pensar ni rogar podían por las almas de aquellos que habían perecido en el pueblo pagano de donde provenían las fauces rojas de larga sombra, sino que oraban por salvar la vida amada que aún se conservaba. Extraña cosa es el fuego que ilumina la tierra y hace sombra en el cielo, sombra que vela las luces verdaderas y somete todo a su fragua infernal.


Morten y Krimild corrían hacia la campana, hacia el canto de lamento que era su esperanza. El viento que había traído el acre olor del humo trajo el pánico a la floresta, y los animales salían de todos lados, corriendo en frenesí. Un ciervo les pasó por al lado sin notarlos, y vieron por un instante otro ciervo y una cría más adelante a los que iba a alcanzar. Si hubieran podido, hubieran llorado. En verdad parecía que aún los árboles se iban a arrancar de sus sitios. Pero pronto todos se volvió demasiado neblinoso, demasiado espeso, y empezó a hacerse difícil respirar. Las voces se quebraban de tanto en tanto, y algunos golpes de la campana eran solo efecto del péndulo, pues las fuerzas le flaqueaban al muchacho. Los niños no dejaban de cantar, pues sabían que era lo que venía, e incluso los más pequeños comprendían que ninguna otra cosa podían hacer: pues el sacerdote que tanto los cuidaba y la aya que ahora rezaba no hacían tampoco ninguna otra cosa, ni el ayudante que repicaba la campana.

Pero todas las voces se helaron cuando vieron a Krimild y a su enamorado corriendo hacia allí. Pensaron cosas muy diversas: que eran ánimas, elfos, dioses paganos, que eran espectros, ilusiones, o María y su Hijo que venían a protegerlos. Cuando se acercaron los vieron bien, y entendieron que ellos debían saber algo de lo que había pasado; y por algún motivo, el sacerdote y el aya al socorrerlos dejaron de rezar.
Ambos se acercaron y miraron a los recién llegados con extrañeza, absteniéndose de las preguntas que podrían hacer más tarde si todo salía bien, si había algún más tarde, que era lo urgente de pensar. Los niños se agolparon abrazados a sus piernas y a sus mantos, mirando a los aparecidos desde ese refugio. Entonces el sacerdote les dijo a los suyos:

- Vamos para adentro. – y señaló la gran puerta de la nave de la iglesia.

Los niños siguieron al aya, y él se acercó a Morten y le apoyó una mano en la espalda, invitándolo a ir con él. Krimild y Morten lo siguieron.

Entraron en la nave de la iglesia, y cerraron la puerta que sonó con eco en el salón. El aya y los niños corrieron a la sacristía, menos uno al que el hombre mandó a que llamara al campanero. Entonces se volvió a Morten y Krimild y los invitó a seguirlo a la sacristía, diciéndoles:

- Pondremos todos los paños que tengamos empapados en cada lugar donde entre el aire. Prestadnos vuestra capa también, pues ni las sábanas ni aún los mantos sacros alcanzarán si la humareda se vuelve espesa como es de esperar.

Así fueron a donde estaba el agua y ayudaron a sumergir los paños y colocarlos por doquier. El campanero y el niño también llegaron y ayudaron, y estuvieron bastante tiempo en esta tarea, hasta que todo fue hecho. Entonces se juntaron en el centro del salón, junto al altar donde los ángeles de granito los guardaban, y se miraron los rostros fríos y atemorizados. Se alumbraban con un par de antorchas a las que miraban de mala manera sabiéndose cercados por el fuego, y los ecos de cada movimiento resonaban místicamente en la soledad de la nave con los bancos retirados, donde no había luz para los vitrales y las agujas se perdían en la distancia sin lumbre, tan distantes como las estrellas a las que había velado la sombra del incendio.

Al aya se le ocurrió lo que más a menudo hacen los hombres en tiempos de desesperanza y soledad: comer el pan que había sido horneado para consagrar, y beber el vino. Sobre el altar, única mesa que tenían, y sentados en bancos, algunos niños arrodillados porque no alcanzaban, hubo pan para todos, vino para los mayores y agua fresca para los pequeños. Vino, aquella extraña bebida del color de la sangre, que se ve aún más viva a la luz del fuego, como si en verdad fuera sangre siempre líquida, hechizada para no coagularse. Usaron la daga de Morten para cortar el pan, y el sacerdote dijo una bendición en latín que los niños corearon con voces hermosas. Morten y Krimild miraban adormilados y en paz, pues si bien al Ragnarok sobrevenía para ellos, el cielo les había dado un buen y calmo final. Los ojos de Krimild eran explorados una y otra vez por los niños que la veían tan bella, y la aya que se asombraba de su fatalidad. El buen sacerdote miraba cansinamente los ojos sombríos de Morten, que parecía agotado pero con cierta felicidad. Siguieron en silencio el resto de la comida, mirando los unos los ojos cansados de los otros, y observando en silencio el duelo de la Naturaleza que los rodeaba.

Cuando terminaron lo que había y el aya retiró las sagradas copas y platos que habían usado, el sacerdote, Magnus, hizo bajar a los niños de los bancos y los sentó en la escalera del altar. Se sentó presidiendo el círculo y puso las antorchas alrededor, de manera que todos concentraron en él su atención. Invitó a los novios a sentarse también, y ellos fueron lentamente y se quedaron abrazados un poco apartados del círculo de luz y de los niños. Entonces el hombre empezó a hablar, y dijo:

- Mucho tiempo atrás, había en un pueblo de más allá del mar, un hombre que apagaba los incendios y detenía las tempestades en los mares. Multiplicaba el pescado y la hidromiel, y curaba a los congelados y a los paralíticos. Fue tan bueno que por envidia y despecho lo agredían, y los que se decían sabios y doctos se burlaban de él.

“El contó muchas historias a los que veían sus maravillas y lo escuchaban, y enseñó mucho a quienes quisieron oírlo. Esta es una de las historias que les contó a sus discípulos una vez:

“Había en una aldea una campesina que había perdido a su marido, y rogaba al rey del lugar que le hiciera justicia frente a quien le quitaba sus pertenencias, por no poder ella sola protegerlas. Pero el rey no conocía la rectitud ni la bondad, ni temía a Dios, y no hacía caso de la pobre viuda, que continuaba perdiendo sus tierras, y los campos que su marido y sus pequeños hijos habían cuidado hoy eran devastados por los asaltantes, o se los apropiaban sus vecinos, o quedaban pasto de los cuervos. Y ella iba entonces al rey y le decía: ‘Tú que eres grande, haz justicia para que mi familia pueda vivir: pues grande es mi desdicha por haber perdido al amado de mi corazón, pero no sólo esa es mi pena pues ahora sus hijos ni pueden comer todos los días porque nadie los protege.’.

“Muchas veces ella acudió a él, pero el rey siempre se negó, hasta que una vez se dijo: ‘Yo no temo a Dios ni conozco la rectitud, pero haré justicia a esta campesina pues me molesta y no quiero más fastidiarme.’

Los niños miraban sin comprender aún al sacerdote, y Morten escuchaba mientras Krimild pensaba en Freya y en Mejna, la bruja que había llegado a querer como a una pariente, y que tal vez había muerto en el incendio. Soñaba con que sus hechizos la hubieran salvado, con que hubiera podido convocar una tormenta aunque solo fuera para proteger su cabaña. Todas las almas de la sala soñaban con una espléndida tempestad de primavera, sin rayos ni truenos sino nubes blancas que derramaran lluvia como bendición y dejaran una pura luz alumbrar los campos. Magnus sonrió entonces para terminar su historia:

- Y por eso este gran hombre, reflexionando sobre el rey, decía: ‘Oid lo que dijo este rey injusto, y pensad. Si el malvado hizo justicia para no ser molestado ¿No hará mucho más si le insistimos nuestro padre que nos ama?

Los niños se apretujaron alrededor del aya, y Magnus se puso a cantar alabanzas y súplicas a Dios, con placidez en el rostro. Krimild y Morten se sumergieron en sus recuerdos, y así pasaron largo tiempo.


Mientras tanto, el incendio había avanzado hacia el claro donde estaba la iglesia. Secaba el aire, lo vaciaba y lo volvía a llenar de ceniza áspera y caliente. Las llamas altas iluminaban un área que, expuesta a su calor, se secaba y se encendía espontáneamente después de haber estado tanto tiempo expuesta a la radiación. El incendio era tan fuerte que los árboles no se incineraban por contagio sino por el mismo calor de la luz. El viento se mantenía constante hacia la iglesia, por fortuna relativamente lento. Debían el no estar ya en el mar de llamas a que antes de soplar en esta dirección había pasado largo rato soplando hacia el sur, pero ahora los lindes del claro estaban incendiados. Desde adentro se empezó a poder ver las imágenes de los vitrales a la luz de las llamas, y la iglesia se empezó a iluminar a medida que el contorno del claro se encendía.

Y así se veía sobrenatural la nave, pues los vitrales filtraban la luz de a partes y dejaban trazos de sus muchos colores, y la luz era roja, ardiente y vacilante... El plomo y las piedras se calentaban a su calor, y el aya y los niños empezaron a traer baldes para remojar los paños y las posibles aberturas. Los cuervos, afuera, habían muerto por asfixia, o se habían incinerado a la luz, con un crudo espectáculo de plumas planeando, un pájaro que de improviso cae ciego y confundido a una muerte de fragua; y antes de tocar el suelo se incendia como el ave fénix en un torbellino de llamas anaranjadas.

La luz espantosa entraba por los ojivales vitrales y se reflejaba por entre los arcos, llenando todo de rojo y de calor el lugar. Durante un buen rato fue aquél calor algo deseable, pues hacía frío, pero luego parecía que las ventanas se iban realmente a derretir, y los árboles próximos a la iglesia (que no eran parte del bosque) se prendieron de improviso con un crepitar estruendoso, e iluminando el salón como la luz del día. Ni Krimild ni Morten, ni en verdad nadie, excepto quizás Magnus que confiaba en su fé, podía creer que la iglesia hubiera sido realmente hecha en piedra tan entera que pudiera resistir las llamas infernales: pero así parecía ser. Llenaban de agua los paños y las ventanas, y se oía el caer del agua, goteando por los marcos y en charcos en el suelo; y cuando un paño se secaba lo sacaban antes de que se incendiara y lo mojaban de vuelta allí. La nave, que hacía rato olía a humo, empezó a tener también olor a tela por arder. Entraba demasiado poco humo al lugar, aún contando con que habían sido muy efectivos en cubrir todo recoveco a su alcance.
Morten se asustó al ver un banco a la luz de los árboles incendiados, y se levantó y se apresuró a retirar todos a la sombra. Era en vano, porque en el salón no era tanta la luz gracias a los vitrales, pero estaban empezando a sentir que el horno era real, que se iban a asar lentamente allí. Los niños y el aya estaban agotados, el agua se acababa y los paños se secaban cada vez más rápido. Sin embargo, el incendio de los árboles de la iglesia disminuyó y fue pasando, pues no estaban tan juntos ni eran tanto combustible, y sacaron los trapos para que no se incendiaran y no los volvieron a poner.

Se sentaron todos juntos alrededor del altar, a esperar la muerte en silencio, rogando que tal vez sucediera cuando se desplomara la iglesia.

Pero eso nunca sucedió. El humo no logró entrar tanto como para asfixiarlos, y el poco que entraba, merced a su calor, se fue acumulando lentamente en las alturas, entre los ángeles que los miraban, entre las figuras de granito, las gárgolas y las ojivas puntiagudas. Los vitrales resistieron, aunque más tarde encontraron con que en algunas partes el plomo se estaba empezando a ablandar y chorrear justo cuando la intensidad disminuyó. El calor no llegó nunca tampoco a ser asfixiante, sino que pudieron soportarlo y hasta disfrutarlo. Lentamente cayeron en un sueño perturbado por visiones de oscuras formas entre llamas y luces rojizas en las partes altas de la nave, sueño que provocaba también la falta de aire que empezaba a rodearlos.

A la medianoche el viento cambió, y se llevó el incendio, que ya había casi pasado de largo, a otras latitudes.


Morten sintió que el aire no se seguía viciando e intentó permanecer despierto, pues aún tenía esperanzas. Miraba a Krimild asombrado de amor, miraba sus rasgos mientras ella se dormía y se preguntaba si ese era su fin, si eso era el amor, o sí era todo lo contrario, o... si había algo que entender. La amaba y ningún final podía sobrevenir de aquella manera. Tal vez ella llevara ya el fruto de su temprano amor, y ese pensamiento lo hizo despertarse aún más.

Y realmente, el aire ya no se espesaba. Al contrario, sintió aire nuevo, aire distinto, aire que no había sido consumido. Entonces acostó suavemente a Krimild en la capa que el aya y los niños ya habían recuperado, y se levantó buscando si era cierto lo que sentía. Sintió que sí, y empezó a caminar hacia la puerta. Miró entre los vitrales y vio solo oscuridad, pero creyó sentir aire, y se llenó de desesperación, pues comprendió que se estaba asfixiando, que tal vez Krimild estaba ya asfixiada y próxima a la muerte. Y entonces no lo pensó, y corrió a la enorme puerta del lugar y la destrabó.

La intentó abrir apenas para oler el aire de afuera, pero no pudo, pues apenas la hizo girar un poco un aire glacial y puro como el primer aire de la tierra la hizo girar sobre sus goznes casi arrastrándolo. Abrió la otra hoja, y gritó de júbilo al viento bienhechor.

Las ráfagas entraron a la nave, y tan frías y tan frescas hicieron que la mayoría se despertara o abriera los ojos a ver que había pasado. Todos tenían un fuerte dolor de cabeza y se sentían embotados, pero se acercaron a la puerta a respirar, y respiraron, y respiraron largo rato, bebiendo casi, respirando...

Los pechos se hinchaban y bajaban, salían volutas de las narices que tenían olor a humo. Finalmente se echaron junto a la puerta, envueltos en las mantas que habían sacado, a dormir respirando aquél aire bendito y ansiado.

Y así durmieron hasta el nuevo día, el amanecer de júbilo por la vida y desolación
por la ceniza.