Tuesday, January 30, 2007

Morten y Krimild - III

Durmieron horas, horas de paz hasta el nuevo viento que les hizo sentir cierto frío en los huesos. Krímild abrió los ojos preguntando a su alma por su amado, y lo halló allí, junto a ella, y se acostó en sus rodillas.
Morten se despertó, sintió el frío, y se levantó. “Vamos Krimild” dijo sacudiéndola levemente… “vamos dulzura en mi alma”. Ella se levantó.
- ¿A dónde vamos? – dijo mareada.
- Debemos ir lejos.
Krimild miró confundida alrededor:
- ¿Lejos? ¿A dónde?
- Oh Krímild, ¿Hacia donde íbamos el día de nuestra partida?
- No lo sé Morten. Huíamos lejos.
- Vayamos lejos pues, amada.
Ella asintió y le sonrió al suelo.

Caminaron hacia el fondo de la iglesia, donde aún dormía el sacerdote, y lo saludaron.
- ¡Adios!
- Adios… Antes de marchar, tomen comida para el viaje.
- Gracias… cientos y miles.
- ¡Oh, no os preocupéis! El Señor servirá para mi millones, pobre servidor suyo, por cada pan dado a un necesitado.
- Pues entonces te sientes ya pagado.
- Así es, con creces.
- Entonces no te lo agradeceré. Tal vez podría agradecértelo si te lo robara.
- Ni aún así Morten: en ese caso, agradecería a Dios la oportunidad de pensar en mis pecados y en como evitar el mal en el mundo. Las carencias, el dolor y la falta de lo que deseo que sentiría las vería como un reprendimiento divino que debo entender y obedecer.
- Así pues, ¿lo que yo haga con vos os es indiferente?
- Sí Morten.
Morten sacó un puñal. Krímild lo miró largamente, con ojos profundos, convertida de golpe en un lobo.
- ¡Espera, amado! – dejó caer el velo y se desnudó; y quedó resplandeciente, reina sobre la ceniza. – Ahora corta primero de mi sangre, antes que derramar la suya.
Morten giró en redondo y tomó a Krimild en brazos. Le trazó un pequeño corte en la mano, y ella apenas gimió: entonces Morten mojó sus labios en sangre y comenzó a besar los pechos de su amada, dejando en ellas su zurco rojo. Magnus contemplaba todo sin expresión en su rostro.
Cuando Morten giró hacia él, puñal en alto, preguntó:
- ¿Me matarás Morten?
Entonces él tomó su puñal por la hoja y lo lanzó alto, alto y fuerte hacia la ceniza.
- ¡Oh siervo de otros dioses! Yo no sirvo a ninguno pero, ¿he de negarme a mi mismo? ¿Qué dicha encontraría en matarte hoy? Toda la sangre que debía beber la he tomado de la mano de mi amada: no sé en verdad si lo ha hecho para protegeros. Mas, si no te importa ser herido, ¿por qué no matarte? Llegarías más pronto donde tu dulce padre, tu Dios.
- Reconozco que así es Morten. En matarme no me harías, (¡lejos estarías!) un mal. Deseo la muerte, aspiro a ella. Pero no más de lo que deseo la vida.
Morten lo miró con ojos de lobo.
- ¿Qué mal haría en mataros a todos, niños, aya, sacerdote? Mi amada y yo necesitamos sangre, no piedad. Necesitamos amor.
“Pero vosotros sois amor. Vosotros sois amor para mí. ¡Oh Magnus, prolongaré tu condena! Tu máximo sufrimiento será mi júbilo. Podría a todos vosotros liberaros de la triste carga de la vida, más hoy os necesito para mi felicidad. Mañana no os necesitaré y volveré a buscarlos, revestido de blanco y fuego como el santo ángel exterminador.
“¡Morten el deicida!.
- Adiós Morten. Así como tu me has maldito con la vida en este mundo de cenizas, así como este fuego ha limpiado el valle y me ha dejado sin un cuervo que roer, sin un fondo de arrollo que sorber, así yo te bendigo y digo que tengas días de paz y prosperidad después de tu larga jornada de cenizas. No te hará feliz pero tú mismo te procurarás el dolor y el sufrimiento: sé que en aquellas jornadas de paz saldrás a amar dolorosamente a tu dama en las calles, para mero escándalo de los demás, y celebrarás paganos ritos de dolor y muerte. Hoy reniego del dolor, hoy reniego de la muerte, ¡por qué el dolor y la muerte me han sido dados! ¡Oh dicha humana tan completa! ¡Oh dicha del sentir y dicha del protestar!
- ¡Hoy protesto mi amor por ti Krimild mía!
- ¡Hoy protesto mi sufrimiento!
- ¡Hoy protesto al diablo que me ha tentado! – gritó la aya
- ¡Hoy protesto la muerte de mi aldea natal! – gritó Krímild.
- Y todos nosotros – concluyó Magnus – somos puros y felices de lo que nos ha sucedido. ¿De qué tragedia os sentiréis amos cuando todos cuenten lo horrible que su vida ha sido? ¿Qué paz sentiréis en la abundancia sin haber sufrido la más horrible falta de pan? Ninguna, y lo sabéis arriesgados, ¡¡¡ninguna!!!
- El que llamas Diablo es nuestro mejor amigo – dijo Morten.
- Amigo ciertamente, ya que no padre. – respondió Magnus - ¿Amas a tu tentador?
- Ciertamente, pues amo la tentación. ¡Mírala! Krímild desnuda, la imagen de la tentación. Soy Frey a su lado y sólo deseo el éxtasis nupcial. Sin embargo próximo a ella mi corazón se paraliza, altera su ritmo, no anda como siempre lo hace.
- ¿Hablás de seducción? ¿Olvidas el lago de fuego?
- No, oh Magnus. Es sólo que hoy…
Krímild gritó desde atrás:
- ¡¡Es día de cenizas!!

Día de cenizas

El sol se levantó aquel día sin ánimo de iluminar un cielo pálido, azul y deslucido. Su arco de luz variante, su rosa quebrado, su violeta, todos opacos, todos bajados en gamma hasta verse impuros. Sin fuego no hay sol. Sin sol, no existe la luz.
Un día de cenizas, un día siniestro. Ya el paraíso y todos sus frutos se han quemado: nos hemos cansado, son cenizas en nuestra boca. Cenizas, ¡sólo cenizas! en nuestra boca.
“¿Ahora que haremos?” así exclamaba ella frente a su amado, “¿A dónde marcharemos sin rumbo, a donde perseguirás la tentación? Te amo Morten, ¿dónde deseamos marchar?”
- Más lejos amada. Mucho, mucho más. Hay luna hoy, aún bajo el sol. Casi todo el día la habrá bajo el sol.

Comenzaron a caminar ambos enamorados. Un pico de iglesia se perdió en lontananza.
- ¡Oh paisaje desolado! – exclamó Morten - ¿Dónde está el abeto? Es sólo un negro tronco, desgajado, destrozado. ¿Este blanco y gris esqueleto fue alguna vez un ave? Mira esta rama Krímild… prueba soplar en ella.
Así lo hizo ella. Polvo en el aire, y ninguna rama luego.
- ¿Cuán grande puede ser le destrucción? – preguntó horrorizada
- Aquí el infierno ha sido sin duda grandioso. Sólo las llamas habitaban este lugar. ¡Mira los abetos reducidos a frágiles montañas de cenizas! Las que deberían haber sido ramas han sido consumidas hasta la médula, y al caminar sobre ellas, ¡ningún ruido, ningún crujido, sólo un blando conceder! Mis sandalias marcadas en el suelo sobre la espesa capa de polvo. ¡Oh amada!
- ¡Amado! Temo no hallar refugio. Sin duda aquí no habrá lobos, pero no podremos apoyar nuestros cabellos en el polvo que sepultará nuestras narices.
- Sé lo que dices. Aún así creo que antes de la caida de la noche pareceremos ancianos consumidos, y nuestro pelo será perfectamente blanco. ¡Caminemos amada! ¡Caminemos más allá del fin del mundo! ¿Sobreviviremos el crepúsculo de los dioses?

Oyeron entonces un aullido espectral, y un escalofrió les recorrió las entrañas. Una serie de sensaciones, como si paralelo a este mundo vivieran en otro distinto, desfasado, fue invadiendolos, y vieron: una batalla cósmica donde carruajes de oro galardonados y llenos de piedras preciosas, grandes como montañas, llevaban dioses que batallaban entre sí. Todos corrían sobre el mismo campo de cenizas por el que ellos caminaban. Entonces se reveló la verdad: lo que aparecía como el firmamento no era más que una quijada, la quijada superior, y lo que aparecía como simas profundas enterradas en la tierra no era más que la quijada inferior. Ellos habitaban en el vientre de la Bestia.
¡Y el lobo Fenrir comenzó a cerrar las fauces! Se estremecieron, se estremecieron y sintieron en sus almas la fiebre del Apocalipsis. Los dos se miraron al mismo tiempo, fascinados, y gritaron:
- Gottdämmerung!
Y se sumieron completamente en Asgard.
¡Cual no era la desesperación de Loki y la enorme confusión de los gigantes al ver que las fauces del lobo Fenrir los devoraban a ellos también. Cada vez más rápido, se cerraron, y el mundo entero pereció con ellas. Asgard, Midgard, el viejo Yggdrassil. Odin y los Ases. Todos murieron, y el mundo terminó.

Entonces Morten vio a Krimild sobre un campo de cenizas, y no comprendió. Miró y sintió que los ojos le dolían, porque eran ojos nuevos. Miró y oyó el aliento de su amada, y lo reconoció de un Universo equivocado. Perdurado.
Miró para atrás: no había Iglesia.
Miró para adelante: las montañas eran otras.
Miró a Krímild. Era exactamente igual.
Trató de hacer memoria, ¡comprendió que no podía!

Entonces empezó a cantar, improvisando. Krimild no podía seguir su canto, pero lo oía con curiosidad. Ella empezó el suyo propio, y rara vez ambos cantos empalmaban. ¡Extraña pareja, la primera del mundo, cantando sobre la ceniza!
¿A dónde irán?
Eva, Adán, ¿a dónde correrán recién arrojados del paraíso?

Cantarán sobre los mares, cantarán sobre los hielos
Cantarán sobre la muerte, sentirán vivas sus pasiones
Mil pruebas de lujuria
Mil cuchillos
Mil errores
El diablo como guía
¡Satanás en su interior!

Corrían, corrían desnudos sobre los campos desnudos, sin miedo y sin recuerdos, sin miedo, sin confusión ni pensamiento. Corrian y bebían ceniza, pues era su única posible bebida. ¿Qué hacer más allá de ella?
Morir.
Ceniza.

Una mujer blanca, desnuda, el cabello blanco, el pubis cubierto de un velo de canas.
Un hombre blanco, desnudo, el cabello blanco, también velado por las canas.
Corren, solos, en un campo de cenizas.
Cada tanto, Dios los fotografía.