Friday, March 03, 2006

Morten y Krimild - I

Una figura rubia pasó entre las cabañas. Su pelo largo brillaba a las luces de las antorchas, y él corría. De los establos llegaron algunos gruñidos, y la respiración fuerte de animales pasando frío en la hora antes del alba.

Cruzó la verja del pueblo, y salió al bosque envuelto en niebla, pisando hojas secas y restos de corteza húmedos de rocío. Hacía un frío terrible en el mar de niebla en el que se acababa de sumergir, y llevaba solo un abrigo corto y pantalones. Caminó un rato entre los árboles, con los brazos cruzados para cubrirse de la helada, empezando a temblar y a mojarse la barba y los pelos de sus abrigos de piel. Encontró una piedra entre las hojas otoñales que le sirvió de asiento, aunque se empapó, y se dobló sobre sí mismo a esperar.

Esperó mientras las antorchas se veían hermosas y extrañas contra el cielo cada vez más rojo, pues desde allí abajo del barranco se veía el confín del pueblo. Miraba con la cabeza apenas levantada para no sentir el frío, y sus jóvenes ojos azules estaban llenos de ansiedad. El frío penetraba proveniente también de la piedra, y se empezó a levantar de tanto en tanto para no congelarse; pero con cuidado, pues se sentía torpe y extraño en la soledad.

Al cabo de una hora, o más, cuando la luz del día era ya evidente y en otra ocasión se hubieran levantado las amas de casa y hubieran salido ya a apagar las antorchas, empezó a oir un ruido nuevo más allá de su vista, entre las casas. A la noche, en el frío y estando en guardia, es necesaria mucha templanza para no sentir ruidos extraños crecer por doquier como una sinfonía destinada a torturar, sonidos sin sentido que no pueden provenir más que de estrañas criaturas indómitas o almas en pena. O, que no era esta vez mucho peor, un guardia que hubiera sorpresivamente decidido hacer su trabajo.

Y en verdad a cada sonido la daga labrada que había templado meses atrás temblaba dentro de la vaina. Mientras estaba sentado pensaba todo lo que podía suceder, y se mantenía en vilo, descubriendo entonces muchas más cosas de las que en verdad había. Tembló tanto que su mente empezaba a confundirse, y cuando el frío de la piedra no era más soportable empezó a temer no distinguir el ruido que estaba esperando. Pero por fortuna todas las alucinaciones de nuestro temor se disipan ante la realidad, y así lo despertó el susurro a hojas corridas y pies cuidadosos que oyó entre las cabañas.

Lo sintió venir, y alzó aún más la cabeza: pero la cubrió con su cabello para no ser distinguido de las hojas del otoño. Y podía parecer una más desde arriba del barranco, en esa luz dudosa que no había borrado aún al lucero. Sacó la daga a medias de la vaina, y se quedó absolutamente extático. El sonido estaba muy próximo, y cuando no hay ruido en el ambiente, el movimiento del brazo suena estruendoso. Miró, y ahora confundía él las hojas y los colores con lo que esperaba ver.

Una doncella vestida de largo en beige, con un gran manto claro y cabellos largos con trenzas apareció ahí arriba, junto a una antorcha. Tenía frío, y sus ojos miraban con miedo, buscando. El joven guardó la daga, y ella oyó el sonido del metal. Miró hacia allí, y distinguió la hoja dorada que esperaba encontrar, que deseaba ver con desesperación, y pudo ver sus ojos azules a través del cabello. Corrió hacia él barranca abajo, y se arrojó en sus brazos, llorando de temor. Él le acarició con mano trémula el cabello mojado, y también tenía lágrimas de frío y soledad.

Empezaron a adentrarse en el bosque envueltos en la misma capa de ella, mirando débilmente hacia atrás. Todo el calor que había allí venía a cada uno del amado cuerpo del otro, pues por lo demás imperaba la niebla y había una brisa en las copas de los árboles que sonaba desolada. Caminaron abrazados, sin soltarse un momento, a pesar de tratar de ir rápido, huyendo, y de caminar varias leguas. Sólo cuando encontrarlos sin saber en que dirección había ido se había tornado una tarea de días se detuvieron en mutuo reflejo, a besarse dulcemente, tan cerca como podían, como si la fatalidad acechara en cada pulgada que los separara. El sol ya había pasado el lánguido mediodía y luego sobrevendría el anochecer de una noche larga. Se besaron y se miraron llenos de amor, sacando en lágrimas y alientos todos los temores pasados y la desolación del porvenir, la despiadada noche a que se habían condenado. Aún temblando en la niebla, y entre lágrimas que estaban ya frías al caer en el césped se envolvieron en la capa y en el mullido pasto sus cabellos se mezclaron en el calor del lecho nupcial. Se encontraban sus ojos acuosos y rojos de amor y se dieron calor envueltos en la soledad, tantas veces como necesitaban para no morir de frío. Y es que el frío asaltaba, penetraba por todos los dobleces de la capa húmeda por fuera y por dentro, pero el amor que se tenían no lo dejaba colarse en sus suspiros ni en las caricias a que se abandonaban.

Mientras el sol se ponía ella se dobló contra él para sentirse amparada antes de que su sino los obligara a seguir. Él miró hacia alrededor a la soledad que los esperaba, a la niebla que abría los barrotes de sus mazmorras y el claro donde algunos animales que corrían a sus refugios se habían quedado unos instantes observándolos. Los miró él a su vez, y supo que esos animales dichosos no tenían que huir, pues podían correr a su madriguera, luminosa como los refugios que los elfos tienen ocultos en los bosques, cuentos de hadas en su imaginación. Pues era seguro que aquella ardilla era esperada en su hogar, donde el calor de sus cercanas era como una mesa servida con cerveza casera y cálida, llena de antorchas y con un dulce hogar, desde donde la nieve era solo belleza con que los dioses enamoran a los niños y a los amantes. Para él, la nieve era ahora la más cruel de la amenazas, el sepulcro frío y olvidado de la vida extinguida junto a la que amaba. El hogar estaba lejos y ya no existía, en un pasado que pronto se habría incendiado.

Ella acariciaba su pecho y apretaba su cabeza contra él, sintiendo miedo por lo que él miraba, sabiendo que estaba midiendo la tristeza del camino que les esperaba. También estaba atrás la dulce cabaña de piedra con tapices y mesas de fiesta, de la que el calor de vida extrañada, y en la que había dejado a sus parientes borrachos y a su pretendiente perdido entre los encantos de un engaño. Lloraba con los recuerdos de los arrebatos de aquél bruto que habían elegido para ella, de los hombres y las mujeres atropellándose y derribando los platos y los manjares, amándose como animales por los suelos y mezclando los vómitos con la buena cerveza.

Él la miró y vio sus lágrimas, y dijo:

- ¿Cómo has dejado a tu padre?

- Tirado entre un charco de cerveza y pesebre, entre los brazos de una mujer que espero fuera mi madre – sus ojos temblaron y una lágrima cayó de ellos.

Él la abrazó y besó su mejilla, dejando su aliento cálido en vez de la fría y salada lágrima.

- ¿Y tu... y tu “prometido”? – susurró.

Ella se estremeció y sollozó un poco más. El estremecimiento la lleno de deseo, y se amaron dulcemente antes de continuar, diciéndose que todo estaba bien, que ya ningún mal debían tener. Las lágrimas de ella cayeron por doquier, y salieron nuevas de amor, pero aún cuando cesaron seguía llorando levemente.

Siguió el diálogo que los llenaba de dolor:

- Le pagué a una muchacha rubia de la casa de ... – lo miró significativamente, con vergüenza y pudor – una muchacha de cabello largo, de pechos como los míos, para engañarlo. – Hablaba con dolor, en susurros, espantada de sus actos, y se abrazaba a él con fuerza mientras continuó – Puse una hierba de Freya en el hidromiel fuerte que hice servir para él... puse la hierba de Freya que la bruja Mejna me dio aquella vez. Se le sirvió hidromiel luego de que nos unieron, y yo... hice un gesto, inventé que aquello era una ofrenda a mi amado marido. Apenas bebí de aquella copa, pero él la vació en el acto, y me buscó... Me besó en la ceremonia – pasó un espasmo por su rostro – un beso horrible, cruel. ¡Ay, Morten! ¡Con verdad habla Mejna de que Freya es grande!

“Rápido y sin freno bebieron en aquellos primeros brindis, pues mi padre estaba fuera de sí y distraje a los guardias de la bodega con el mismo tesoro que guardaban. Entonces abrí las puertas de ella a los sirvientes que trajeron a la sala un tonel entero, pues mi pretendiente lo pedía a gritos, y todos coreaban que lo hiciera, algunos sacando sus armas y golpeando las mesas, o haciendo con los intrumentos un estruendo infernal, las mujeres gritando como si las atropellaran los gigantes. Y el festín empezó cuando un chorro de hidromiel salió del barril hedido y todos tendieron sus copas o sus bocas o se sumergieron en el charco que dejaba por todos lados. Y entonces abrí las puertas del armario donde había encerrado a esta muchacha, a quien compadezco, pero que parecía deseosa de ser amada por el bruto Vind, que se le aparecía fuerte y valiente como Thor, pero ¡ay! No puede decirse que sea comparable en nobleza.

“Le dí de beber hidromiel con la hierba de Freya para que solo pensara en su pasión por él, y la dejé ir, y me encerré allí a esperar, pidiendo a todos los dioses de la buena cosecha que nuestra maravillosa hidromiel hiciera se efecto, y que el engaño sirviera y nadie se molestara en distinguir a quien pertenecía aquella desordenada cabellera rubia que yacía con Vind.

“Creo que aún en la angustia y el dolor, no fueron esas horas tan malas como las tuyas, pues sabía casi por seguro que nadie entraría a mi refugio, y pronto se disipó mi miedo a que algo fallara pues el estruendo dejó de ser de voces exhaltadas para ser de incoherencias, gemidos y restos rotos de nuestra hermosa casa. Y debía atravesar el salón para venir aquí, salir abriendo hacia el amanecer la puerta principal. Nunca creí que mis ojos pudieran ver lo que he visto allí, el vacío y la bajeza de mis parientes y los que creí mis amigos que en sus desenfrenos hacían parecer mi hogar lo mismo que un campo de batalla. Temo que incluso un hombre había matado a su amada, pues llegué a ver algo que parecía sangre y los golpes habían llegado a arrancar partes de la pared de piedra.

Él la siguió mirando mientras ella hacía silencio y miraba el cielo. Susurró su nombre mientras admiraba su belleza, sus ojos, su piel y su tristeza.

- Te amo Krimild.

Abrió la capa y se vistió rápidamente, y la dejó envuelta en el suelo mientras lo hacía. Ella miraba las estrellas nacientes a través de sus lágrimas, las estrellas que amaba pero le traían soledad, y terror. Entonces sí abrió su capa y la ayudó a vestirse con dulzura. Se besaron largo rato antes de ponerse en camino, pero finalmente se levantaron y se alejaron de los árboles hacia el centro del claro. Allí el cielo abrió sus galas, brillando las estrellas mientras el incendio del poniente se extinguía. Y el incendio se iba apagando, y la Osa subía, y la estrella polar los irradiaba con su bendición. Miraron extasiados, pues no se sentían ya solos, sino que su amor había aplacado el miedo y el hambre, y el frío no era aún tan arduo. En verdad, no bajaba la niebla, y el atardecer tardaba en apagarse cuando las estrellas brillaban como el día de su creación. El lobo Fenrir tenía sus fauces bien atadas y no tapaba nada. Morten y Krimild perdían el aliento ante el espectáculo, y volvían la cabeza de aquí para allá.

Y mientras las estrellas los saludaban y el atardecer no aceptaba apagarse, la luna creciente empezó a subir envuelta en oscuridad, en una sombra aterradora. Krimild la descubrió primero, y vio a su luz un campanario afilado, y una campana repicó a esas horas extrañas. Su expresión de sorpresa y maravilla se convirtió lentamente en asombro incrédulo mientras el horror empalidecía a Morten. La luna subía y se enrojecía y se oscurecía mientras lo hacía, y las estrellas vieron pasar cuervos espantados en grandes bandadas hacia el campanario. La campana tocaba a desesperación, como si velara por la tragedia inevitable.

El atardecer no se apagaba. El sol no se iba. Y de golpe comprendieron con un cambio de viento que la niebla cálida de la noche era humo, pues su olor llegó a sus narices, el olor de lo que arde y se purifica, y queda desierto y de blanca pureza ¡en cenizas! Miraron hacia donde habían venido, al levante, las llamas que apenas asomaban hacia el cielo. Las llamas que avanzaban sobre el bosque y no dejaban bajar a la niebla. Y supieron que ya no existía más su pueblo, mientras corrían hacia la torre en busca de refugio, como los cuervos que volaban alrededor de ellos.