Friday, December 16, 2005

Niégal - I - Nacimiento

Niégal nació segundo hijo de un rico comerciante. Los habituales augures hicieron a su nacimiento las habituales profecías ambiguas sufrirá, pero será feliz. Si se esfuerza llegará a ser grande. El comerciante estaba orgulloso, aunque lamentaba que el niño pesaba una pesa menos que el anterior.
Niégal creció y no se hizo ni fuerte ni aguerrido. En realidad, tampoco creció demasiado. Lejos de lo que su padre hubiera querido, se dedicó a aprender, a estudiar y a crecer en sabiduría… y se hizo un ser taciturno, acostumbrado a ser dejado de lado, al que incluso se consideraba poco viril.
Tal vez la presión sobre el niño para llegar a ser un héroe mitológico hubiera sido más grande (o más efectiva) de no haber en la familia quién ya cumplía con creces esas expectativas: su hermano mayor Henchan. Él era un guerrero dorado, mítico, que llenaba un salón entero de la casa con sus trofeos en la arena y los recuerdos de enemigos vencidos. Era admirado por todos, saludado y endiosado. Parecía que todo lo que no tenía Niégal lo tenía Henchan, e incluso Niégal estaba convencido del mito de su hermano. Empezó a creer que realmente no valía…
Hasta que apareció Freya. No era que ella lo aceptara: al contrario. Pero él no tenía duda, cuando veía lo que sentía y lo que era capaz de hacer impulsado por el amor, que pese a todo, valía. Que rechazado por su hermano, por su padre, incluso por Freya, algo de él tenía el poder de opacar todo lo que sucedía por allí. En principio, estaban los libros, que si bien su padre no apreciaba en absoluto, eran un mundo donde él era el más poderoso. Pero además, tenía la intuición de estar trabado, porque le resultaba imposible concebir que del mismo padre nacido, él no tuviera nada del mito de su hermano.

Así llegó a los 18 años de edad. Su padre estaba cada día más decepcionado de él, y empezó a pensar en cómo deshacerse de esa vergüenza. La mayoría de la gente había olvidado que Henchan tenía un hermano.
Un día, en la biblioteca, terminó de leer un rollo y miró a su alrededor. Cayó en la cuenta de que ya había leído la mayoría de lo que había en ese lugar. Si realmente quería saber más, seguir aprendiendo sobre el mundo y (su secreta motivación) entender su desgracia, tendría que encontrar un lugar más grande. Ese mismo día, como si hubiera estado planificandolo en su interior durante mucho tiempo, tomó algunas cosas y se fue.
Tomó el camino de salida del pueblo y caminó un largo trecho mirando el paisaje. Había aves, árboles variados… y abruptamente, una sensación de alerta. El camino empezó a pasar a través de él, se deformaba ante sus ojos y ante sus pies. El bosque avanzaba y retrocedía. Todo sucedía en su mente, desde luego.
Siguió caminando sin hacer notar lo que percibía a los ojos de las aves: pero por lo que pudo ver en donde sus confundidos ojos se apoyaban, los cuervos lo miraban unánimemente, y había ojos en los huecos de los troncos.
Empezó a correr, huyendo de la nada. La sensación de alerta aumentaba y ya estaba a punto de tropezar. Los graznidos de los cuervos se estiraban en sus oídos en notas agudas llenas de palabras, y los árboles estiraban las ramas hasta golpearle la cabeza con nudillos de frutos. Se detuvo en seco, y gritó:
- ¡Salí! ¿Quién está ahí?
El universo fue recuperando su forma. Giró su vista, y finalmente encontró algo raro que ameritara lo sucedido: un individuo de barba larga blanca, sombrero enjoyado y manto violeta bordado con hilos de oro estaba sentado frente a él en una rama caída. La descripción es más fácil si asumimos, como Niégal, que era un mago.
- ¿A dónde vas? – preguntó el mago.
- ¿Qué te importa? ¿Por qué me perseguís?
- A nosotros nos importa todo. – Niégal no lo admitió en su expresión, pero dejó caer en su memoria estás palabras y las meditó. “¿Nosotros?”
- ¡No tengo por qué explicar nada a nadie, y menos aún a quién me persigue y me asusta! Hacedme el favor de salir de mi camino. – inmediatamente se arrepintió del trato formal que había usado, que traicionaba la sensación que crecía en él de que ese hombre no era un molesto ni un bandido ilusionista que dejar de lado.
- ¿A dónde vas? – insistió el mago.
- ¿Quién sos?
- Yo sé quién sos vos, y a donde vas. ¿No te basta con eso? Manejamos muchas cosas y sabemos muchas más. Vine a hacerte una recomendación.
Niégal se quedó perplejo ante esas palabras. No le daban lugar a brecha argumental: es verdad que el individuo no había dado pruebas de saber nada, pero todo su ser emanaba conocimiento y algo que Niégal intuía y reconocía. Miró la sonrisa autoconvencida del hombre, esa sonrisa casi insoportable de maestro ante un alumno que chilla, y se sintíó subyugado. Lamentó que no era tanto la percepción de algo extraño allí lo que lo subyugaba como el hecho de que estaba acostumbrado a que le ordenaran.
- Yo que vos… volvería a mi pueblo.
- Vengo huyendo de allí… mi hermano y mi padre…
- Vuelve a tu pueblo. Allí encontrarás lo que buscas.
Niégal lo miró exasperado pero atento. No dijo lo que su mente repetía mi hermano y mi padre.
El hombre metió una mano en el manto y sacó un rollo sellado con lacre sangriento y un sello poderoso. Se lo extendió a Niégal.
- Daselo al gobernador del lugar, de mi parte.
- ¿Por qué me habría de creer?
El hombre señaló el sello, y Niégal miró aunque no vio nada.
- Ahora, vuélvete. ¡Cumpli tu misión!
Desapareció con bastante menos lío que con el que había aparecido. Niégal se dio la vuelta y empezó a caminar hacia al pueblo, mirando el pergamino de vez en cuando.

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