Natiuska - Dama de lo Gótico
El reino de Natiuska es una noche oscura. La noche se extiende de su alma como un sueño, y ocupa siempre su mente y su corazón. Pasa sus días y sus siglos en pulirlo, en intensificar el carmesí de la sangre, haciendo más tétrica la luz de la luna, profundizando el abismo entre las estrellas.
Tiene su morada en un gran peñasco que avanza sobre el mar como la proa de un navío. Sobre la roca fría se alza su gótico palacio, gran parte de él en ruinas, con torres afiladas y naves amplísimas. Mora y tiene su trono en la torre más alta, blanco de los violentos rayos y las frecuentes tempestades.
A la derecha de la roca, mirando hacia el mar, un río de sangre tiene su desembocadura. Las olas de hielo del océano polar batallan eternamente con el calor que conserva la sangre derramada en las montañas.
A lo largo de la ribera de ese horroroso río se extiende, desde el palacio hasta el cercano páramo, un cementerio antiquísimo. El cementerio está rodeado de una pirca relativamente nueva, aunque ruinosa, y llena de malezas; pero por adentro fue dividido muchas veces conforme le agregaban partes porque no había más espacio dentro de la muralla anterior.
La más externa, que es la más nueva, tiene muchas cruces y lápidas, ángeles llorando y algún que otro fantasma escurridizo. En la segunda las cruces carcomidas se mezclan con runas y signos paganos, y los fantasmas son más densos y malignos. Pero la tercera, la más breve e interna, es completamente pagana, y los horrores viven allí en formas espantosas, espectros aullantes y siniestros, y estatuas de seres imposibles, deformes y alarmantes. Allí los sepulcros estan a flor de tierra, muchas lápidas quebradas, y esqueletos de cuencas vacías fuera de las fosas, blancos como recién encalados. Hay varias glorietas góticas, dominadas por una especialmente alta y pálida. La maleza de allí está retorcida, negra, podrida, mezclada con huesos y, algunas veces, brilla con la forforescencia infame de la podredumbre.
Por el lado del mar, un bosque llega hasta el castillo casi desde la orilla, y se extiende hasta las montañas. Toda clase de paisajes sombríos pueden encontrarse en el bosque aquel, desde extáticos pinares nevados que parecen tallados en porcelana para una broma cruel; o valles de árboles en invierno perpetuo, muertos hasta la médula o vivos hasta atacar a los que pasan cerca de sus ramas; o regiones donde es tan densa la vegetación que jamás rayo de luz toca el suelo y las alimañas devoran hasta los gritos de sus víctimas.
Por el lado del río, más allá del cementerio, e interrumpido cada tanto por pequeños bosques de malezas, hay un páramo desolado. Está cubierto en zonas por arena, en otras por pequeñas plantas espinosas o tierra reseca. Se curva en dunas y colinas, y algunos cañones poco profundos.
Más allá del páramo y del bosque está la cordillera de hierro, alta, afilada y nevada. Un gran valle de nieve casta como una doncella de luz se extiende entre las montañas y el bosque, y allí viven, flotando levemente sobre el suelo, los corazones sangrantes de las tierras de la Dama. Hay lobos en los primeros árboles, pues viven de la sangre derramada que las ráfagas de viento extravían en el bosque. Esas mismas ráfagas traen copos y restituyen la virgindad de la planicie alba.
Natiuska pasea silenciosamente por el páramo y el bosque, y en ocasiones, sobre el mar helado. Durante los huracanes se para en un peñasco de la costa y envuelta en su manto da cara a la tempestad. Su pelo vuela entonces como un remolino negro, y su voz canta armonías lánguidas que se descanecen en el aire.
En las noches calmas de luna, pasea por la orilla que, llena de accidentes, es a veces playa de arena blanca y a veces acantilado. Las olas rompen con su ruido invariable suavemente en la arena y en las rocas, prematuramente detenidas, con fuertes estallidos. Mezcla entonces su voz con la del mar, llamando a las sirenas que no aparecerán, rogando por sus soleados cantos desde el fondo del mar.
En el cielo negro las estrellas giran lento como en todas las noches de la tierra, alrededor de una estrella qu las domina desde el cenit, recordando que los sueños de Natiuska son sueños del polo. La luna recorre ese cielo caprichosamente, como en todos lados hace. Las nubes de tormenta lo visitan a menudo, invocadas por los cantos de la dama...
Si me preguntáis... sí, la he visto vagar brillando a la luz de las estrellas, he llorado ante la tristeza de su mirada, he intentado acariciar sus cabellos y besar la punta de su manto. Me he enamorado de ella, y vuelto a esas tierras tantas veces como me fue posible.
¿Otro mortal desea visitarlas?
