Atribulado
¿Qué buscas en las tinieblas, alma atribulada?
¡Luz!
¿Y qué hacés internandote en el bosque para hallarla? ¿Cómo te falla así la inteligencia? ¿No has visto que es precisamente en las sombras donde no la hallarás?
¿O es que no quieres contentarte con la luz del sol? Vas a las tinieblas... ¿a encontrar una mayor?
¿Piensas que por ser difícil el sendero al final tendrá que brillar una luz más fuerte?
Dijo el religioso: en vano amamos las sombras, engaño de soberbia. Somos sólo espejos: si no estamos frente al sol, se extingue toda nuestra lumbre.
Dijo el anti-cristo: No hay tal cosa como un sol. Es sólo otro espíritu como vos que quiere encandilarte. Ve a las tinieblas donde podrás hallar y hacer brillar tu propia luz, para tu universo de sueños.
Dijo el hombre: ¡Ay de mi, que sólo aspiro a más luz! Por momentos me deslumbra el mediodía y huyo... en otros momentos, en lo profundo de las cavernas, seres escalofriantes se deslizan y me cercan, y lloro, canto y alabo los débiles rayos del primer albor.
Marcho hacia las sombras de mi condena a encontrar la luz de mi espíritu y alumbrar los claros de este bosque sombrío... ¿he de ser condenado por eso? ¿He de hallar trabas y dolores por buscar la luz en mi interior, obligado a abandonar el brillo del sol?
Dijo el temeroso: ¡Es que tu luz es del maldito! Otro engaño de él... pues no hay ninguna luz en tu interior. Eres nada más que el reflejo del Supremo, y sin su calor te extingues. ¿No es la tiniebla suficiente prueba para tu intuición? ¿No se rebela de pavor y dolor tu alma al observar el mundo desolado por el que vagan los ángeles caídos? ¿No temes las llamas que han llevado tal miseria a los campos de cenizas y a los pantanos donde agonizan los bosques?
¡Mira el volcán encenderse y preparar para tí algo de su fluído arrasador! La única luz de los páramos helados la emite la erupción de la destrucción. ¿Irás a buscar tu destrucción... por nada?
¡No hay luz en tu interior!
Dice el seductor: Engaños, engaños para los mortales. No existe tal cosa como un Dios, no existe un máximo sol. Sólo eres tú y el mundo caído. Toma posesión de él... o desaparece. Si quieres, puedes vagar en los velos de mi luz, o de la luz de algún otro engaño, pero tu luz la encontrarás en las profundas cavernas.
El atribulado: ¿Por qué debo marchar hasta el fondo de las entrañas de la tierra antes de saber si mi luz es verdadera? ¿Es que mi luz es tan débil que sólo brillará para las más malignas de las criaturas, los abortos sempiternos de las profundidades?
¿Es mi luz negra? ¿Es mi luz mal?
Dijo el cantor diurno: Me alegro por ti... empiezas a ver el sendero. El único sendero... el sendero luminoso. Marcharás por el atardecer, pues tal es tu condena, hasta haberte librado de la tentación de la oscuridad. La luz esperará siempre, pues su brillo es eterno, y las almas la elegirán al final.
Dijo el caído: ¿Te dejarás engañar? Miserable... te desprecio. Parece ser que tu alma no llega más lejos que a ver su luz en su propia sombra... y no acude a darla a los astros en sombras mayores. Pero tu camino en crepúsculo, al que te ha condenado el Luminoso... estará lleno de obstáculos para que vuelvas a la oscuridad.
¿No lo ves?
Ninguna luz ilumina siquiera tu camino... ¡Hazlo tú!
El atribulado: Pero hacer yo el camino... ¿no es ya marchar por las tinieblas?
El diurno: me temo que a eso... estás condenado. Simplemente evoca la luz en tu mente todo el tiempo y llegará a ser real para ti. Sigue el camino que yo te ordenaré, que te guiará pronto hacia la luz.
Atribulado: ¿Seguiré un camino... que no sea el mío? ¿Seguiré un camino... que no me conduzca sin duda a la luz?
¿Qué hago en el medio de este bosque?
Un gallo acaba de cantar. ¿El amanecer?
Un lobo aullando. ¿Se alza la luna?
El rugido del océano. ¿Se acerca la tempestad?
Se agitan las hojas por todos lados... pero no las veo. Oigo gotas de lluvia, gotas negras para mis ojos nocturnos, oigo ráfagas alzándose con violencia.
¿Qué he venido a buscar a estas tinieblas?
¡Luz!
