Wednesday, December 21, 2005

Atribulado

¿Qué buscas en las tinieblas, alma atribulada?

¡Luz!

¿Y qué hacés internandote en el bosque para hallarla? ¿Cómo te falla así la inteligencia? ¿No has visto que es precisamente en las sombras donde no la hallarás?

¿O es que no quieres contentarte con la luz del sol? Vas a las tinieblas... ¿a encontrar una mayor?
¿Piensas que por ser difícil el sendero al final tendrá que brillar una luz más fuerte?

Dijo el religioso: en vano amamos las sombras, engaño de soberbia. Somos sólo espejos: si no estamos frente al sol, se extingue toda nuestra lumbre.

Dijo el anti-cristo: No hay tal cosa como un sol. Es sólo otro espíritu como vos que quiere encandilarte. Ve a las tinieblas donde podrás hallar y hacer brillar tu propia luz, para tu universo de sueños.

Dijo el hombre: ¡Ay de mi, que sólo aspiro a más luz! Por momentos me deslumbra el mediodía y huyo... en otros momentos, en lo profundo de las cavernas, seres escalofriantes se deslizan y me cercan, y lloro, canto y alabo los débiles rayos del primer albor.

Marcho hacia las sombras de mi condena a encontrar la luz de mi espíritu y alumbrar los claros de este bosque sombrío... ¿he de ser condenado por eso? ¿He de hallar trabas y dolores por buscar la luz en mi interior, obligado a abandonar el brillo del sol?

Dijo el temeroso: ¡Es que tu luz es del maldito! Otro engaño de él... pues no hay ninguna luz en tu interior. Eres nada más que el reflejo del Supremo, y sin su calor te extingues. ¿No es la tiniebla suficiente prueba para tu intuición? ¿No se rebela de pavor y dolor tu alma al observar el mundo desolado por el que vagan los ángeles caídos? ¿No temes las llamas que han llevado tal miseria a los campos de cenizas y a los pantanos donde agonizan los bosques?

¡Mira el volcán encenderse y preparar para tí algo de su fluído arrasador! La única luz de los páramos helados la emite la erupción de la destrucción. ¿Irás a buscar tu destrucción... por nada?

¡No hay luz en tu interior!

Dice el seductor: Engaños, engaños para los mortales. No existe tal cosa como un Dios, no existe un máximo sol. Sólo eres tú y el mundo caído. Toma posesión de él... o desaparece. Si quieres, puedes vagar en los velos de mi luz, o de la luz de algún otro engaño, pero tu luz la encontrarás en las profundas cavernas.

El atribulado: ¿Por qué debo marchar hasta el fondo de las entrañas de la tierra antes de saber si mi luz es verdadera? ¿Es que mi luz es tan débil que sólo brillará para las más malignas de las criaturas, los abortos sempiternos de las profundidades?
¿Es mi luz negra? ¿Es mi luz mal?

Dijo el cantor diurno: Me alegro por ti... empiezas a ver el sendero. El único sendero... el sendero luminoso. Marcharás por el atardecer, pues tal es tu condena, hasta haberte librado de la tentación de la oscuridad. La luz esperará siempre, pues su brillo es eterno, y las almas la elegirán al final.

Dijo el caído: ¿Te dejarás engañar? Miserable... te desprecio. Parece ser que tu alma no llega más lejos que a ver su luz en su propia sombra... y no acude a darla a los astros en sombras mayores. Pero tu camino en crepúsculo, al que te ha condenado el Luminoso... estará lleno de obstáculos para que vuelvas a la oscuridad.

¿No lo ves?
Ninguna luz ilumina siquiera tu camino... ¡Hazlo tú!

El atribulado: Pero hacer yo el camino... ¿no es ya marchar por las tinieblas?

El diurno: me temo que a eso... estás condenado. Simplemente evoca la luz en tu mente todo el tiempo y llegará a ser real para ti. Sigue el camino que yo te ordenaré, que te guiará pronto hacia la luz.

Atribulado: ¿Seguiré un camino... que no sea el mío? ¿Seguiré un camino... que no me conduzca sin duda a la luz?

¿Qué hago en el medio de este bosque?
Un gallo acaba de cantar. ¿El amanecer?
Un lobo aullando. ¿Se alza la luna?
El rugido del océano. ¿Se acerca la tempestad?
Se agitan las hojas por todos lados... pero no las veo. Oigo gotas de lluvia, gotas negras para mis ojos nocturnos, oigo ráfagas alzándose con violencia.

¿Qué he venido a buscar a estas tinieblas?

¡Luz!

Friday, December 16, 2005

Niégal - I - Nacimiento

Niégal nació segundo hijo de un rico comerciante. Los habituales augures hicieron a su nacimiento las habituales profecías ambiguas sufrirá, pero será feliz. Si se esfuerza llegará a ser grande. El comerciante estaba orgulloso, aunque lamentaba que el niño pesaba una pesa menos que el anterior.
Niégal creció y no se hizo ni fuerte ni aguerrido. En realidad, tampoco creció demasiado. Lejos de lo que su padre hubiera querido, se dedicó a aprender, a estudiar y a crecer en sabiduría… y se hizo un ser taciturno, acostumbrado a ser dejado de lado, al que incluso se consideraba poco viril.
Tal vez la presión sobre el niño para llegar a ser un héroe mitológico hubiera sido más grande (o más efectiva) de no haber en la familia quién ya cumplía con creces esas expectativas: su hermano mayor Henchan. Él era un guerrero dorado, mítico, que llenaba un salón entero de la casa con sus trofeos en la arena y los recuerdos de enemigos vencidos. Era admirado por todos, saludado y endiosado. Parecía que todo lo que no tenía Niégal lo tenía Henchan, e incluso Niégal estaba convencido del mito de su hermano. Empezó a creer que realmente no valía…
Hasta que apareció Freya. No era que ella lo aceptara: al contrario. Pero él no tenía duda, cuando veía lo que sentía y lo que era capaz de hacer impulsado por el amor, que pese a todo, valía. Que rechazado por su hermano, por su padre, incluso por Freya, algo de él tenía el poder de opacar todo lo que sucedía por allí. En principio, estaban los libros, que si bien su padre no apreciaba en absoluto, eran un mundo donde él era el más poderoso. Pero además, tenía la intuición de estar trabado, porque le resultaba imposible concebir que del mismo padre nacido, él no tuviera nada del mito de su hermano.

Así llegó a los 18 años de edad. Su padre estaba cada día más decepcionado de él, y empezó a pensar en cómo deshacerse de esa vergüenza. La mayoría de la gente había olvidado que Henchan tenía un hermano.
Un día, en la biblioteca, terminó de leer un rollo y miró a su alrededor. Cayó en la cuenta de que ya había leído la mayoría de lo que había en ese lugar. Si realmente quería saber más, seguir aprendiendo sobre el mundo y (su secreta motivación) entender su desgracia, tendría que encontrar un lugar más grande. Ese mismo día, como si hubiera estado planificandolo en su interior durante mucho tiempo, tomó algunas cosas y se fue.
Tomó el camino de salida del pueblo y caminó un largo trecho mirando el paisaje. Había aves, árboles variados… y abruptamente, una sensación de alerta. El camino empezó a pasar a través de él, se deformaba ante sus ojos y ante sus pies. El bosque avanzaba y retrocedía. Todo sucedía en su mente, desde luego.
Siguió caminando sin hacer notar lo que percibía a los ojos de las aves: pero por lo que pudo ver en donde sus confundidos ojos se apoyaban, los cuervos lo miraban unánimemente, y había ojos en los huecos de los troncos.
Empezó a correr, huyendo de la nada. La sensación de alerta aumentaba y ya estaba a punto de tropezar. Los graznidos de los cuervos se estiraban en sus oídos en notas agudas llenas de palabras, y los árboles estiraban las ramas hasta golpearle la cabeza con nudillos de frutos. Se detuvo en seco, y gritó:
- ¡Salí! ¿Quién está ahí?
El universo fue recuperando su forma. Giró su vista, y finalmente encontró algo raro que ameritara lo sucedido: un individuo de barba larga blanca, sombrero enjoyado y manto violeta bordado con hilos de oro estaba sentado frente a él en una rama caída. La descripción es más fácil si asumimos, como Niégal, que era un mago.
- ¿A dónde vas? – preguntó el mago.
- ¿Qué te importa? ¿Por qué me perseguís?
- A nosotros nos importa todo. – Niégal no lo admitió en su expresión, pero dejó caer en su memoria estás palabras y las meditó. “¿Nosotros?”
- ¡No tengo por qué explicar nada a nadie, y menos aún a quién me persigue y me asusta! Hacedme el favor de salir de mi camino. – inmediatamente se arrepintió del trato formal que había usado, que traicionaba la sensación que crecía en él de que ese hombre no era un molesto ni un bandido ilusionista que dejar de lado.
- ¿A dónde vas? – insistió el mago.
- ¿Quién sos?
- Yo sé quién sos vos, y a donde vas. ¿No te basta con eso? Manejamos muchas cosas y sabemos muchas más. Vine a hacerte una recomendación.
Niégal se quedó perplejo ante esas palabras. No le daban lugar a brecha argumental: es verdad que el individuo no había dado pruebas de saber nada, pero todo su ser emanaba conocimiento y algo que Niégal intuía y reconocía. Miró la sonrisa autoconvencida del hombre, esa sonrisa casi insoportable de maestro ante un alumno que chilla, y se sintíó subyugado. Lamentó que no era tanto la percepción de algo extraño allí lo que lo subyugaba como el hecho de que estaba acostumbrado a que le ordenaran.
- Yo que vos… volvería a mi pueblo.
- Vengo huyendo de allí… mi hermano y mi padre…
- Vuelve a tu pueblo. Allí encontrarás lo que buscas.
Niégal lo miró exasperado pero atento. No dijo lo que su mente repetía mi hermano y mi padre.
El hombre metió una mano en el manto y sacó un rollo sellado con lacre sangriento y un sello poderoso. Se lo extendió a Niégal.
- Daselo al gobernador del lugar, de mi parte.
- ¿Por qué me habría de creer?
El hombre señaló el sello, y Niégal miró aunque no vio nada.
- Ahora, vuélvete. ¡Cumpli tu misión!
Desapareció con bastante menos lío que con el que había aparecido. Niégal se dio la vuelta y empezó a caminar hacia al pueblo, mirando el pergamino de vez en cuando.

Thursday, December 15, 2005

Raewund

Raewund estaba tirado en el sillón. El cabello largo y rubio echado sobre los ojos. La mano le temblaba. La luz le parecía excesiva, aunque sólo era un velador. Su madre pasaba, sin mirarlo. A veces le decía algo, y Raewund no sabía como hacer para disimular que no estaba prestando atención en absoluto. Ella, evidentemente, no quería ver sus lágrimas, así que no quería tampoco señalarle con el dedo algo tan evidente. Cuando ella le hablaba, se limitaba a “ajas” y movimientos de cabeza. Después de todo, a ella sólo le interesaba hablar, así que no pedía mucho más. Cualquiera con un poco de interés en el oyente se hubiera dado cuenta de que él no podía oirla: y ni siquiera porque no quisiera.
Mientras su madre hablaba, y mientras no, pensaba lo que tenía en el bolsillo. En realidad pensaba lo que no tenía, el dinero que le habría hecho falta para huir de ahí. Es verdad que era de noche, las tres de la mañana, y por mucho que la ciudad “nunca duerma” es francamente más difícil encontrar algo que hacer a esa hora. Todos los parientes y amigos que viven vidas normales están durmiendo. Los que no… no querrían su visita, o viven demasiado lejos.
En un momento que su mamá se había ido, se levantó. Se levantó con un impulso contradictorio, en parte un resentimiento profundo como un aljibe y negro como su agua, y en otra parte, la decisión, la fuerza al quebrar el hielo que congela los músculos de quien detiene el movimiento. De golpe volvió a caer en su absurda situación, y se tumbó violentamente en el sillón, con más desesperación que antes, ansioso por no lograr llorar.
- ¡Mamá!
- ¿Qué?
- ¡Vení!
La madre se acercó. Trajo los aros que no había terminado de elegir (le estaba hablando de eso a Raewund, más concretamente, pidiendo su opinión) y lo miró con una ansiedad incómoda, sonriente.
- ¿Qué pasa?
- Quedate.
Siguió mirando, como si no quisiera entender a propósito.
- Tengo que elegir los aros, pasa que…
- ¡Quedate un rato, por favor! – la interrumpió. – Podés hacer eso después, ¿no?
Las lágrimas son espíritus temperamentales: a veces fluyen a mares y otras se secan en los afluentes. Raewund tenía los ojos empañados, pero su llanto, a pesar de ser verdadero, no era de auténtica tristeza, sino de rabia por no poder llorar. Su mamá se acercó, se sentó en el borde del sillón y aceptó que Raewund la abrazara. Ahí sí lloró.
La madre todavía lo miraba sin entender nada, pero esperaba con piedad, intuyendo que pese a todo aguantarle estas pequeñeces a su extraño hijo no le costaba mucho. No estuvieron mucho tiempo abrazados, y ella se dio vuelta y se llevó sus aros.
Raewund levantó la espalda del sillón, se enderezó, y se paró. Se acomodó el cabello de manera tal de que no quedaran en él rastros de haberse tumbado tan profundamente en ese refugio a la intemperie. Miró por la ventana, y descubrió una cosa: llovía. Bendijo a todos los dioses pulcros de milenios muertos. Cerró los ojos y las lágrimas de tristeza se escurrieron, dejándole los ojos rojos pero perdidos en un nuevo infinito.
Agarró la mochila, metió en ella las plumas, la daga gótica, los dibujos, el cuaderno; se la colgó a la espalda y se abrió la puerta.
- Aufwiedersehen, liebte Mutti!
Mientras se cerraba la puerta oyó un “¿qué?” pero no respondió. Bajó las escaleras, abrió la puerta y salió al bosque. Sintió las gotas, y enseguida empezó a sentir también frío. Un paraguas era buena idea teniendo en cuenta que tenía que proteger el contenido de la mochila… pero ni siquiera eso lo hacía resignar esa libertad.
Había rayos, truenos. Miraba vagamente hacia arriba mientras caminaba, asombrándose, cantando en su mente música gloriosa.
Había pocos peatones más que él. La mayoría parecían maldecir el agua celeste. Tal vez sea sólo una apariencia, pero nadie parece feliz en la calle, haga lluvia o sol. En cambio Raewund caminaba tan ostensiblemente satisfecho de la tormenta… que lo miraban como a un marciano, o mejor aún, lo miraban como a algo que no debe ser. Intolerablemente extraño “¡Vos estás loco!” “¡Pero te vas a resfriar!” “¡Te vas a congelar!”: ¡Excusas!. Haganlo ustedes, pensaba ¿enfermarme, pasar frío? Nunca me pasó tal cosa. ¿qué temen? Nunca lo entendí. La lluvia es un poco incómoda… nada más. ¡Cuánto la compensa el ser tan hermosa!.
¿Qué hay para contar? Necesitaba contar esta historia. Prometí renunciar a la prosa poética. Esta historia no tiene sentido si no es a la luz de su verdad para quienes la viven. Pero es todo lo que puedo hacer. ¡Suerte!