Tuesday, January 10, 2006

Niégal - II - En el palacio del gobernador

Fue a la casa del gobernador. La casa más importante de la ciudad, aquella que no había visitado muchas veces (a diferencia de su hermano). Los guardias lo detuvieron y, sinceramente, no supo que decir. Es lo molesto de emprender una empresa en le que no se cree.
- ¿A dónde crees que vas?
- …
Niégal extendió el pergamino, y balbució (su forma habitual de hablar con extraños):
- Vengo a traerle esto al gobernador.
El guardia era relativamente amable, y se tomó el trabajo de mirar el rollo. En realidad sabía (cosa que Niégal no) que no tenía permitido hacer ningún daño al chico ni mucho menos a la correspondencia, pero ante la evidente ignorancia del ser pequeño y balbuciente se comportaba más a sus anchas.
Lo impresionó el sello: eso lo supo hasta Niégal.
- ¡Pasá! – le dijo, abriendo camino.
Niégal no sabía a donde ir, pero traspuso las rejas y fue hacia adentro. Había un salón y un mayordomo.
- Debo entregarle esto en mano al gobernador.
El hombre odiaba ser pasado por alto, como todos los burócratas de su clase.
- Vé a las habitaciones, te atenderá más tarde.
- …
Caminó un rato por el palacio, por los jardines, leyó un poco en la biblioteca, aunque todo el tiempo sintiéndose inútil, incómodo e incluso inseguro. Entró y durmió un rato en la habitación lujosa que inexplicablemente le habían ofrecido. Se preguntó que Dios extraño era responsable de aventuras tan inexplicables, pero no por mucho tiempo, y se durmió, y se despertó, y fue llamado de vuelta al salón, esta vez, frente al gobernador.

Salón de recepción del gobernador. Treinta metros de largo, siete de ancho, columnas, patio y vitrales detrás de su sillón, de manera tal que el escritorio parece un altar y el ventanal el ábside.

El mayordomo tomó el rollo de las manos de Niégal y se lo llevó al gobernador. Niégal no hizo demasiado porque estaba persuadido de que el pergamino sería efectivamente entregado a su destinatario.
Había en el salón varias personas más, todas desconocidas. Parecían sencillamente forasteros: un hombre alto y fuerte vestido con ropas limpias y nuevas, un viajero de cabellos largos y negros (vestido con ropas de viaje) y un enano con cota de malla. El hombre fuerte parecía muy satisfecho y tenía un aire de recién sacado de la cama, mientras que los otros dos estaban más alerta.
- Los he convocado aquí porque necesito sus servicios. – empezó el gobernador, que acababa de cerrar el rollo de Niégal. – Hay una tarea que debe ser hecha, y no debería quedar asociada a la gobernación; por eso los contrataremos a ustedes. La paga será jugosa, desde luego, precisamente por los riesgos, ya que obrarán por su cuenta, sin apoyo oficial.
“Tengo entendido que todos ustedes tienen poderes especiales que les serán de utilidad – en ese punto miró a Niégal, que estaba parado algo separado de los demás, con expresión violenta. – La tarea es rescatar un objeto que se halla en los tesoros de unos traficantes.
- ¿Qué clase de objeto? – interrumpió el viajero de cabellos largos. - ¿Qué tiene de especial para que se nos solicite?
- Este objeto es… una espada. Pero es una espada especial: se van a dar cuenta cuando la vean.
- ¿Qué tiene de especial? ¿Cómo nos daremos cuenta?
- ¿Brilla? – lanzó el alto.
El gobernador miró algo exasperado.
- Tenemos que recurrir a ustedes porque nadie debe saberlo… - ¿está arrepentido de contratarnos a nosotros? - Este objeto, esta espada, está oculta en lo profundo de los sótanos de los enanos traficantes, que por algún extraño sistema envían objetos a grandes distancias. Esos sótanos, como las cámaras de seguridad del banco, son secretos y están muy bien guardados. Eso quiere decir: no les permitirán entrar sin violencia.
“Esta espada tiene... unas almas atrapadas en su interior. Es un objeto importante, que debemos cuidar que no caiga en manos de quien la pidió. Simplemente digamos que si cae en sus manos puede ser desastroso.
- ¿Pero si es realmente tan importante, como es que no justifica intervención oficial, por qué nosotros, sin ayuda de vuestros guardias o...?
- Ya he dicho que no debe trascender... no debe quedar ligado al gobierno. Sin embargo es muy importante que sea hecho. La paga será... abundante.
- ¿Cuánto? – dijo el hombre alto.
- Y, serán... 10.000 piezas de oro.
- ¿Nada más? ¿Sin apoyo oficial? – el hombre parecía indignado.
- ¿Tan solo 10.000 mi señor? – dijo el viajero de cabellos largos. - ¿No es demasiado riesgo, sin apoyo, por 10.000?
- Bueno... 20.000. No más. Pero debe ser hecho pronto, y bien hecho. No sabemos en qué momento puede suceder que la envíen. Ahora vayan, quiero que me traigan la espada, pronto. Vean como se las arreglan. El premio es jugoso, deben confesarlo. Tendrán armas en la armería, si desean. Ahora, adios.
- ¿Eso es todo mi señor, entonces? – preguntó el viajero.
- Así es. Nos veremos entonces. Adios.
Salieron, se despidieron brevemente (olvidando acordar donde encontrarse luego) y se separaron.

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