Raewund
Raewund estaba tirado en el sillón. El cabello largo y rubio echado sobre los ojos. La mano le temblaba. La luz le parecía excesiva, aunque sólo era un velador. Su madre pasaba, sin mirarlo. A veces le decía algo, y Raewund no sabía como hacer para disimular que no estaba prestando atención en absoluto. Ella, evidentemente, no quería ver sus lágrimas, así que no quería tampoco señalarle con el dedo algo tan evidente. Cuando ella le hablaba, se limitaba a “ajas” y movimientos de cabeza. Después de todo, a ella sólo le interesaba hablar, así que no pedía mucho más. Cualquiera con un poco de interés en el oyente se hubiera dado cuenta de que él no podía oirla: y ni siquiera porque no quisiera.
Mientras su madre hablaba, y mientras no, pensaba lo que tenía en el bolsillo. En realidad pensaba lo que no tenía, el dinero que le habría hecho falta para huir de ahí. Es verdad que era de noche, las tres de la mañana, y por mucho que la ciudad “nunca duerma” es francamente más difícil encontrar algo que hacer a esa hora. Todos los parientes y amigos que viven vidas normales están durmiendo. Los que no… no querrían su visita, o viven demasiado lejos.
En un momento que su mamá se había ido, se levantó. Se levantó con un impulso contradictorio, en parte un resentimiento profundo como un aljibe y negro como su agua, y en otra parte, la decisión, la fuerza al quebrar el hielo que congela los músculos de quien detiene el movimiento. De golpe volvió a caer en su absurda situación, y se tumbó violentamente en el sillón, con más desesperación que antes, ansioso por no lograr llorar.
- ¡Mamá!
- ¿Qué?
- ¡Vení!
La madre se acercó. Trajo los aros que no había terminado de elegir (le estaba hablando de eso a Raewund, más concretamente, pidiendo su opinión) y lo miró con una ansiedad incómoda, sonriente.
- ¿Qué pasa?
- Quedate.
Siguió mirando, como si no quisiera entender a propósito.
- Tengo que elegir los aros, pasa que…
- ¡Quedate un rato, por favor! – la interrumpió. – Podés hacer eso después, ¿no?
Las lágrimas son espíritus temperamentales: a veces fluyen a mares y otras se secan en los afluentes. Raewund tenía los ojos empañados, pero su llanto, a pesar de ser verdadero, no era de auténtica tristeza, sino de rabia por no poder llorar. Su mamá se acercó, se sentó en el borde del sillón y aceptó que Raewund la abrazara. Ahí sí lloró.
La madre todavía lo miraba sin entender nada, pero esperaba con piedad, intuyendo que pese a todo aguantarle estas pequeñeces a su extraño hijo no le costaba mucho. No estuvieron mucho tiempo abrazados, y ella se dio vuelta y se llevó sus aros.
Raewund levantó la espalda del sillón, se enderezó, y se paró. Se acomodó el cabello de manera tal de que no quedaran en él rastros de haberse tumbado tan profundamente en ese refugio a la intemperie. Miró por la ventana, y descubrió una cosa: llovía. Bendijo a todos los dioses pulcros de milenios muertos. Cerró los ojos y las lágrimas de tristeza se escurrieron, dejándole los ojos rojos pero perdidos en un nuevo infinito.
Agarró la mochila, metió en ella las plumas, la daga gótica, los dibujos, el cuaderno; se la colgó a la espalda y se abrió la puerta.
- Aufwiedersehen, liebte Mutti!
Mientras se cerraba la puerta oyó un “¿qué?” pero no respondió. Bajó las escaleras, abrió la puerta y salió al bosque. Sintió las gotas, y enseguida empezó a sentir también frío. Un paraguas era buena idea teniendo en cuenta que tenía que proteger el contenido de la mochila… pero ni siquiera eso lo hacía resignar esa libertad.
Había rayos, truenos. Miraba vagamente hacia arriba mientras caminaba, asombrándose, cantando en su mente música gloriosa.
Había pocos peatones más que él. La mayoría parecían maldecir el agua celeste. Tal vez sea sólo una apariencia, pero nadie parece feliz en la calle, haga lluvia o sol. En cambio Raewund caminaba tan ostensiblemente satisfecho de la tormenta… que lo miraban como a un marciano, o mejor aún, lo miraban como a algo que no debe ser. Intolerablemente extraño “¡Vos estás loco!” “¡Pero te vas a resfriar!” “¡Te vas a congelar!”: ¡Excusas!. Haganlo ustedes, pensaba ¿enfermarme, pasar frío? Nunca me pasó tal cosa. ¿qué temen? Nunca lo entendí. La lluvia es un poco incómoda… nada más. ¡Cuánto la compensa el ser tan hermosa!.
¿Qué hay para contar? Necesitaba contar esta historia. Prometí renunciar a la prosa poética. Esta historia no tiene sentido si no es a la luz de su verdad para quienes la viven. Pero es todo lo que puedo hacer. ¡Suerte!

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