Tuesday, January 30, 2007

Morten y Krimild - III

Durmieron horas, horas de paz hasta el nuevo viento que les hizo sentir cierto frío en los huesos. Krímild abrió los ojos preguntando a su alma por su amado, y lo halló allí, junto a ella, y se acostó en sus rodillas.
Morten se despertó, sintió el frío, y se levantó. “Vamos Krimild” dijo sacudiéndola levemente… “vamos dulzura en mi alma”. Ella se levantó.
- ¿A dónde vamos? – dijo mareada.
- Debemos ir lejos.
Krimild miró confundida alrededor:
- ¿Lejos? ¿A dónde?
- Oh Krímild, ¿Hacia donde íbamos el día de nuestra partida?
- No lo sé Morten. Huíamos lejos.
- Vayamos lejos pues, amada.
Ella asintió y le sonrió al suelo.

Caminaron hacia el fondo de la iglesia, donde aún dormía el sacerdote, y lo saludaron.
- ¡Adios!
- Adios… Antes de marchar, tomen comida para el viaje.
- Gracias… cientos y miles.
- ¡Oh, no os preocupéis! El Señor servirá para mi millones, pobre servidor suyo, por cada pan dado a un necesitado.
- Pues entonces te sientes ya pagado.
- Así es, con creces.
- Entonces no te lo agradeceré. Tal vez podría agradecértelo si te lo robara.
- Ni aún así Morten: en ese caso, agradecería a Dios la oportunidad de pensar en mis pecados y en como evitar el mal en el mundo. Las carencias, el dolor y la falta de lo que deseo que sentiría las vería como un reprendimiento divino que debo entender y obedecer.
- Así pues, ¿lo que yo haga con vos os es indiferente?
- Sí Morten.
Morten sacó un puñal. Krímild lo miró largamente, con ojos profundos, convertida de golpe en un lobo.
- ¡Espera, amado! – dejó caer el velo y se desnudó; y quedó resplandeciente, reina sobre la ceniza. – Ahora corta primero de mi sangre, antes que derramar la suya.
Morten giró en redondo y tomó a Krimild en brazos. Le trazó un pequeño corte en la mano, y ella apenas gimió: entonces Morten mojó sus labios en sangre y comenzó a besar los pechos de su amada, dejando en ellas su zurco rojo. Magnus contemplaba todo sin expresión en su rostro.
Cuando Morten giró hacia él, puñal en alto, preguntó:
- ¿Me matarás Morten?
Entonces él tomó su puñal por la hoja y lo lanzó alto, alto y fuerte hacia la ceniza.
- ¡Oh siervo de otros dioses! Yo no sirvo a ninguno pero, ¿he de negarme a mi mismo? ¿Qué dicha encontraría en matarte hoy? Toda la sangre que debía beber la he tomado de la mano de mi amada: no sé en verdad si lo ha hecho para protegeros. Mas, si no te importa ser herido, ¿por qué no matarte? Llegarías más pronto donde tu dulce padre, tu Dios.
- Reconozco que así es Morten. En matarme no me harías, (¡lejos estarías!) un mal. Deseo la muerte, aspiro a ella. Pero no más de lo que deseo la vida.
Morten lo miró con ojos de lobo.
- ¿Qué mal haría en mataros a todos, niños, aya, sacerdote? Mi amada y yo necesitamos sangre, no piedad. Necesitamos amor.
“Pero vosotros sois amor. Vosotros sois amor para mí. ¡Oh Magnus, prolongaré tu condena! Tu máximo sufrimiento será mi júbilo. Podría a todos vosotros liberaros de la triste carga de la vida, más hoy os necesito para mi felicidad. Mañana no os necesitaré y volveré a buscarlos, revestido de blanco y fuego como el santo ángel exterminador.
“¡Morten el deicida!.
- Adiós Morten. Así como tu me has maldito con la vida en este mundo de cenizas, así como este fuego ha limpiado el valle y me ha dejado sin un cuervo que roer, sin un fondo de arrollo que sorber, así yo te bendigo y digo que tengas días de paz y prosperidad después de tu larga jornada de cenizas. No te hará feliz pero tú mismo te procurarás el dolor y el sufrimiento: sé que en aquellas jornadas de paz saldrás a amar dolorosamente a tu dama en las calles, para mero escándalo de los demás, y celebrarás paganos ritos de dolor y muerte. Hoy reniego del dolor, hoy reniego de la muerte, ¡por qué el dolor y la muerte me han sido dados! ¡Oh dicha humana tan completa! ¡Oh dicha del sentir y dicha del protestar!
- ¡Hoy protesto mi amor por ti Krimild mía!
- ¡Hoy protesto mi sufrimiento!
- ¡Hoy protesto al diablo que me ha tentado! – gritó la aya
- ¡Hoy protesto la muerte de mi aldea natal! – gritó Krímild.
- Y todos nosotros – concluyó Magnus – somos puros y felices de lo que nos ha sucedido. ¿De qué tragedia os sentiréis amos cuando todos cuenten lo horrible que su vida ha sido? ¿Qué paz sentiréis en la abundancia sin haber sufrido la más horrible falta de pan? Ninguna, y lo sabéis arriesgados, ¡¡¡ninguna!!!
- El que llamas Diablo es nuestro mejor amigo – dijo Morten.
- Amigo ciertamente, ya que no padre. – respondió Magnus - ¿Amas a tu tentador?
- Ciertamente, pues amo la tentación. ¡Mírala! Krímild desnuda, la imagen de la tentación. Soy Frey a su lado y sólo deseo el éxtasis nupcial. Sin embargo próximo a ella mi corazón se paraliza, altera su ritmo, no anda como siempre lo hace.
- ¿Hablás de seducción? ¿Olvidas el lago de fuego?
- No, oh Magnus. Es sólo que hoy…
Krímild gritó desde atrás:
- ¡¡Es día de cenizas!!

Día de cenizas

El sol se levantó aquel día sin ánimo de iluminar un cielo pálido, azul y deslucido. Su arco de luz variante, su rosa quebrado, su violeta, todos opacos, todos bajados en gamma hasta verse impuros. Sin fuego no hay sol. Sin sol, no existe la luz.
Un día de cenizas, un día siniestro. Ya el paraíso y todos sus frutos se han quemado: nos hemos cansado, son cenizas en nuestra boca. Cenizas, ¡sólo cenizas! en nuestra boca.
“¿Ahora que haremos?” así exclamaba ella frente a su amado, “¿A dónde marcharemos sin rumbo, a donde perseguirás la tentación? Te amo Morten, ¿dónde deseamos marchar?”
- Más lejos amada. Mucho, mucho más. Hay luna hoy, aún bajo el sol. Casi todo el día la habrá bajo el sol.

Comenzaron a caminar ambos enamorados. Un pico de iglesia se perdió en lontananza.
- ¡Oh paisaje desolado! – exclamó Morten - ¿Dónde está el abeto? Es sólo un negro tronco, desgajado, destrozado. ¿Este blanco y gris esqueleto fue alguna vez un ave? Mira esta rama Krímild… prueba soplar en ella.
Así lo hizo ella. Polvo en el aire, y ninguna rama luego.
- ¿Cuán grande puede ser le destrucción? – preguntó horrorizada
- Aquí el infierno ha sido sin duda grandioso. Sólo las llamas habitaban este lugar. ¡Mira los abetos reducidos a frágiles montañas de cenizas! Las que deberían haber sido ramas han sido consumidas hasta la médula, y al caminar sobre ellas, ¡ningún ruido, ningún crujido, sólo un blando conceder! Mis sandalias marcadas en el suelo sobre la espesa capa de polvo. ¡Oh amada!
- ¡Amado! Temo no hallar refugio. Sin duda aquí no habrá lobos, pero no podremos apoyar nuestros cabellos en el polvo que sepultará nuestras narices.
- Sé lo que dices. Aún así creo que antes de la caida de la noche pareceremos ancianos consumidos, y nuestro pelo será perfectamente blanco. ¡Caminemos amada! ¡Caminemos más allá del fin del mundo! ¿Sobreviviremos el crepúsculo de los dioses?

Oyeron entonces un aullido espectral, y un escalofrió les recorrió las entrañas. Una serie de sensaciones, como si paralelo a este mundo vivieran en otro distinto, desfasado, fue invadiendolos, y vieron: una batalla cósmica donde carruajes de oro galardonados y llenos de piedras preciosas, grandes como montañas, llevaban dioses que batallaban entre sí. Todos corrían sobre el mismo campo de cenizas por el que ellos caminaban. Entonces se reveló la verdad: lo que aparecía como el firmamento no era más que una quijada, la quijada superior, y lo que aparecía como simas profundas enterradas en la tierra no era más que la quijada inferior. Ellos habitaban en el vientre de la Bestia.
¡Y el lobo Fenrir comenzó a cerrar las fauces! Se estremecieron, se estremecieron y sintieron en sus almas la fiebre del Apocalipsis. Los dos se miraron al mismo tiempo, fascinados, y gritaron:
- Gottdämmerung!
Y se sumieron completamente en Asgard.
¡Cual no era la desesperación de Loki y la enorme confusión de los gigantes al ver que las fauces del lobo Fenrir los devoraban a ellos también. Cada vez más rápido, se cerraron, y el mundo entero pereció con ellas. Asgard, Midgard, el viejo Yggdrassil. Odin y los Ases. Todos murieron, y el mundo terminó.

Entonces Morten vio a Krimild sobre un campo de cenizas, y no comprendió. Miró y sintió que los ojos le dolían, porque eran ojos nuevos. Miró y oyó el aliento de su amada, y lo reconoció de un Universo equivocado. Perdurado.
Miró para atrás: no había Iglesia.
Miró para adelante: las montañas eran otras.
Miró a Krímild. Era exactamente igual.
Trató de hacer memoria, ¡comprendió que no podía!

Entonces empezó a cantar, improvisando. Krimild no podía seguir su canto, pero lo oía con curiosidad. Ella empezó el suyo propio, y rara vez ambos cantos empalmaban. ¡Extraña pareja, la primera del mundo, cantando sobre la ceniza!
¿A dónde irán?
Eva, Adán, ¿a dónde correrán recién arrojados del paraíso?

Cantarán sobre los mares, cantarán sobre los hielos
Cantarán sobre la muerte, sentirán vivas sus pasiones
Mil pruebas de lujuria
Mil cuchillos
Mil errores
El diablo como guía
¡Satanás en su interior!

Corrían, corrían desnudos sobre los campos desnudos, sin miedo y sin recuerdos, sin miedo, sin confusión ni pensamiento. Corrian y bebían ceniza, pues era su única posible bebida. ¿Qué hacer más allá de ella?
Morir.
Ceniza.

Una mujer blanca, desnuda, el cabello blanco, el pubis cubierto de un velo de canas.
Un hombre blanco, desnudo, el cabello blanco, también velado por las canas.
Corren, solos, en un campo de cenizas.
Cada tanto, Dios los fotografía.

Monday, April 03, 2006

Morten y Krimild - II

Una nube de alas negras granzando giraba en torno a la torre de puntas. Aquél era su refugio en tiempos de tempestad, y en el incendio que ahoga aún las aves voladoras querían hallar allí donde no entraran el humo ni las llamas. Pero la campana repicaba, violentamente repicaba, y aturdía sus oídos y no podían posarse, y giraban esperando, desesperados por su refugio.

Abajo el ayudante del sacerdote saltaba para que su peso inclinara la vieja, amada y enorme campana. El bronce sacudía la torre y sentía los golpes cuando sus pies tocaban tierra, la tierra temblando por el estrépito de las criaturas. Aquellas ardillas que en borde del claro miraban a Morten y Krimild enamorados corrían sin sus crías, sin entender que había pasado. El universo completo se venía abajo.

El sacerdote, un hombre llamado Magnus, rogaba a Dios que lo detuviera y sintiera el dolor de los que sentían venir la tempestad. Él y los huérfanos a su cuidado cantaban sus alabanzas y súplicas a la noche, como un faro de música en la desesperación. Porque en verdad la oscuridad se cerraba sobre todos, la oscuridad y la asfixia, barridas por el incendio que nada podía detener. Ya ni pensar ni rogar podían por las almas de aquellos que habían perecido en el pueblo pagano de donde provenían las fauces rojas de larga sombra, sino que oraban por salvar la vida amada que aún se conservaba. Extraña cosa es el fuego que ilumina la tierra y hace sombra en el cielo, sombra que vela las luces verdaderas y somete todo a su fragua infernal.


Morten y Krimild corrían hacia la campana, hacia el canto de lamento que era su esperanza. El viento que había traído el acre olor del humo trajo el pánico a la floresta, y los animales salían de todos lados, corriendo en frenesí. Un ciervo les pasó por al lado sin notarlos, y vieron por un instante otro ciervo y una cría más adelante a los que iba a alcanzar. Si hubieran podido, hubieran llorado. En verdad parecía que aún los árboles se iban a arrancar de sus sitios. Pero pronto todos se volvió demasiado neblinoso, demasiado espeso, y empezó a hacerse difícil respirar. Las voces se quebraban de tanto en tanto, y algunos golpes de la campana eran solo efecto del péndulo, pues las fuerzas le flaqueaban al muchacho. Los niños no dejaban de cantar, pues sabían que era lo que venía, e incluso los más pequeños comprendían que ninguna otra cosa podían hacer: pues el sacerdote que tanto los cuidaba y la aya que ahora rezaba no hacían tampoco ninguna otra cosa, ni el ayudante que repicaba la campana.

Pero todas las voces se helaron cuando vieron a Krimild y a su enamorado corriendo hacia allí. Pensaron cosas muy diversas: que eran ánimas, elfos, dioses paganos, que eran espectros, ilusiones, o María y su Hijo que venían a protegerlos. Cuando se acercaron los vieron bien, y entendieron que ellos debían saber algo de lo que había pasado; y por algún motivo, el sacerdote y el aya al socorrerlos dejaron de rezar.
Ambos se acercaron y miraron a los recién llegados con extrañeza, absteniéndose de las preguntas que podrían hacer más tarde si todo salía bien, si había algún más tarde, que era lo urgente de pensar. Los niños se agolparon abrazados a sus piernas y a sus mantos, mirando a los aparecidos desde ese refugio. Entonces el sacerdote les dijo a los suyos:

- Vamos para adentro. – y señaló la gran puerta de la nave de la iglesia.

Los niños siguieron al aya, y él se acercó a Morten y le apoyó una mano en la espalda, invitándolo a ir con él. Krimild y Morten lo siguieron.

Entraron en la nave de la iglesia, y cerraron la puerta que sonó con eco en el salón. El aya y los niños corrieron a la sacristía, menos uno al que el hombre mandó a que llamara al campanero. Entonces se volvió a Morten y Krimild y los invitó a seguirlo a la sacristía, diciéndoles:

- Pondremos todos los paños que tengamos empapados en cada lugar donde entre el aire. Prestadnos vuestra capa también, pues ni las sábanas ni aún los mantos sacros alcanzarán si la humareda se vuelve espesa como es de esperar.

Así fueron a donde estaba el agua y ayudaron a sumergir los paños y colocarlos por doquier. El campanero y el niño también llegaron y ayudaron, y estuvieron bastante tiempo en esta tarea, hasta que todo fue hecho. Entonces se juntaron en el centro del salón, junto al altar donde los ángeles de granito los guardaban, y se miraron los rostros fríos y atemorizados. Se alumbraban con un par de antorchas a las que miraban de mala manera sabiéndose cercados por el fuego, y los ecos de cada movimiento resonaban místicamente en la soledad de la nave con los bancos retirados, donde no había luz para los vitrales y las agujas se perdían en la distancia sin lumbre, tan distantes como las estrellas a las que había velado la sombra del incendio.

Al aya se le ocurrió lo que más a menudo hacen los hombres en tiempos de desesperanza y soledad: comer el pan que había sido horneado para consagrar, y beber el vino. Sobre el altar, única mesa que tenían, y sentados en bancos, algunos niños arrodillados porque no alcanzaban, hubo pan para todos, vino para los mayores y agua fresca para los pequeños. Vino, aquella extraña bebida del color de la sangre, que se ve aún más viva a la luz del fuego, como si en verdad fuera sangre siempre líquida, hechizada para no coagularse. Usaron la daga de Morten para cortar el pan, y el sacerdote dijo una bendición en latín que los niños corearon con voces hermosas. Morten y Krimild miraban adormilados y en paz, pues si bien al Ragnarok sobrevenía para ellos, el cielo les había dado un buen y calmo final. Los ojos de Krimild eran explorados una y otra vez por los niños que la veían tan bella, y la aya que se asombraba de su fatalidad. El buen sacerdote miraba cansinamente los ojos sombríos de Morten, que parecía agotado pero con cierta felicidad. Siguieron en silencio el resto de la comida, mirando los unos los ojos cansados de los otros, y observando en silencio el duelo de la Naturaleza que los rodeaba.

Cuando terminaron lo que había y el aya retiró las sagradas copas y platos que habían usado, el sacerdote, Magnus, hizo bajar a los niños de los bancos y los sentó en la escalera del altar. Se sentó presidiendo el círculo y puso las antorchas alrededor, de manera que todos concentraron en él su atención. Invitó a los novios a sentarse también, y ellos fueron lentamente y se quedaron abrazados un poco apartados del círculo de luz y de los niños. Entonces el hombre empezó a hablar, y dijo:

- Mucho tiempo atrás, había en un pueblo de más allá del mar, un hombre que apagaba los incendios y detenía las tempestades en los mares. Multiplicaba el pescado y la hidromiel, y curaba a los congelados y a los paralíticos. Fue tan bueno que por envidia y despecho lo agredían, y los que se decían sabios y doctos se burlaban de él.

“El contó muchas historias a los que veían sus maravillas y lo escuchaban, y enseñó mucho a quienes quisieron oírlo. Esta es una de las historias que les contó a sus discípulos una vez:

“Había en una aldea una campesina que había perdido a su marido, y rogaba al rey del lugar que le hiciera justicia frente a quien le quitaba sus pertenencias, por no poder ella sola protegerlas. Pero el rey no conocía la rectitud ni la bondad, ni temía a Dios, y no hacía caso de la pobre viuda, que continuaba perdiendo sus tierras, y los campos que su marido y sus pequeños hijos habían cuidado hoy eran devastados por los asaltantes, o se los apropiaban sus vecinos, o quedaban pasto de los cuervos. Y ella iba entonces al rey y le decía: ‘Tú que eres grande, haz justicia para que mi familia pueda vivir: pues grande es mi desdicha por haber perdido al amado de mi corazón, pero no sólo esa es mi pena pues ahora sus hijos ni pueden comer todos los días porque nadie los protege.’.

“Muchas veces ella acudió a él, pero el rey siempre se negó, hasta que una vez se dijo: ‘Yo no temo a Dios ni conozco la rectitud, pero haré justicia a esta campesina pues me molesta y no quiero más fastidiarme.’

Los niños miraban sin comprender aún al sacerdote, y Morten escuchaba mientras Krimild pensaba en Freya y en Mejna, la bruja que había llegado a querer como a una pariente, y que tal vez había muerto en el incendio. Soñaba con que sus hechizos la hubieran salvado, con que hubiera podido convocar una tormenta aunque solo fuera para proteger su cabaña. Todas las almas de la sala soñaban con una espléndida tempestad de primavera, sin rayos ni truenos sino nubes blancas que derramaran lluvia como bendición y dejaran una pura luz alumbrar los campos. Magnus sonrió entonces para terminar su historia:

- Y por eso este gran hombre, reflexionando sobre el rey, decía: ‘Oid lo que dijo este rey injusto, y pensad. Si el malvado hizo justicia para no ser molestado ¿No hará mucho más si le insistimos nuestro padre que nos ama?

Los niños se apretujaron alrededor del aya, y Magnus se puso a cantar alabanzas y súplicas a Dios, con placidez en el rostro. Krimild y Morten se sumergieron en sus recuerdos, y así pasaron largo tiempo.


Mientras tanto, el incendio había avanzado hacia el claro donde estaba la iglesia. Secaba el aire, lo vaciaba y lo volvía a llenar de ceniza áspera y caliente. Las llamas altas iluminaban un área que, expuesta a su calor, se secaba y se encendía espontáneamente después de haber estado tanto tiempo expuesta a la radiación. El incendio era tan fuerte que los árboles no se incineraban por contagio sino por el mismo calor de la luz. El viento se mantenía constante hacia la iglesia, por fortuna relativamente lento. Debían el no estar ya en el mar de llamas a que antes de soplar en esta dirección había pasado largo rato soplando hacia el sur, pero ahora los lindes del claro estaban incendiados. Desde adentro se empezó a poder ver las imágenes de los vitrales a la luz de las llamas, y la iglesia se empezó a iluminar a medida que el contorno del claro se encendía.

Y así se veía sobrenatural la nave, pues los vitrales filtraban la luz de a partes y dejaban trazos de sus muchos colores, y la luz era roja, ardiente y vacilante... El plomo y las piedras se calentaban a su calor, y el aya y los niños empezaron a traer baldes para remojar los paños y las posibles aberturas. Los cuervos, afuera, habían muerto por asfixia, o se habían incinerado a la luz, con un crudo espectáculo de plumas planeando, un pájaro que de improviso cae ciego y confundido a una muerte de fragua; y antes de tocar el suelo se incendia como el ave fénix en un torbellino de llamas anaranjadas.

La luz espantosa entraba por los ojivales vitrales y se reflejaba por entre los arcos, llenando todo de rojo y de calor el lugar. Durante un buen rato fue aquél calor algo deseable, pues hacía frío, pero luego parecía que las ventanas se iban realmente a derretir, y los árboles próximos a la iglesia (que no eran parte del bosque) se prendieron de improviso con un crepitar estruendoso, e iluminando el salón como la luz del día. Ni Krimild ni Morten, ni en verdad nadie, excepto quizás Magnus que confiaba en su fé, podía creer que la iglesia hubiera sido realmente hecha en piedra tan entera que pudiera resistir las llamas infernales: pero así parecía ser. Llenaban de agua los paños y las ventanas, y se oía el caer del agua, goteando por los marcos y en charcos en el suelo; y cuando un paño se secaba lo sacaban antes de que se incendiara y lo mojaban de vuelta allí. La nave, que hacía rato olía a humo, empezó a tener también olor a tela por arder. Entraba demasiado poco humo al lugar, aún contando con que habían sido muy efectivos en cubrir todo recoveco a su alcance.
Morten se asustó al ver un banco a la luz de los árboles incendiados, y se levantó y se apresuró a retirar todos a la sombra. Era en vano, porque en el salón no era tanta la luz gracias a los vitrales, pero estaban empezando a sentir que el horno era real, que se iban a asar lentamente allí. Los niños y el aya estaban agotados, el agua se acababa y los paños se secaban cada vez más rápido. Sin embargo, el incendio de los árboles de la iglesia disminuyó y fue pasando, pues no estaban tan juntos ni eran tanto combustible, y sacaron los trapos para que no se incendiaran y no los volvieron a poner.

Se sentaron todos juntos alrededor del altar, a esperar la muerte en silencio, rogando que tal vez sucediera cuando se desplomara la iglesia.

Pero eso nunca sucedió. El humo no logró entrar tanto como para asfixiarlos, y el poco que entraba, merced a su calor, se fue acumulando lentamente en las alturas, entre los ángeles que los miraban, entre las figuras de granito, las gárgolas y las ojivas puntiagudas. Los vitrales resistieron, aunque más tarde encontraron con que en algunas partes el plomo se estaba empezando a ablandar y chorrear justo cuando la intensidad disminuyó. El calor no llegó nunca tampoco a ser asfixiante, sino que pudieron soportarlo y hasta disfrutarlo. Lentamente cayeron en un sueño perturbado por visiones de oscuras formas entre llamas y luces rojizas en las partes altas de la nave, sueño que provocaba también la falta de aire que empezaba a rodearlos.

A la medianoche el viento cambió, y se llevó el incendio, que ya había casi pasado de largo, a otras latitudes.


Morten sintió que el aire no se seguía viciando e intentó permanecer despierto, pues aún tenía esperanzas. Miraba a Krimild asombrado de amor, miraba sus rasgos mientras ella se dormía y se preguntaba si ese era su fin, si eso era el amor, o sí era todo lo contrario, o... si había algo que entender. La amaba y ningún final podía sobrevenir de aquella manera. Tal vez ella llevara ya el fruto de su temprano amor, y ese pensamiento lo hizo despertarse aún más.

Y realmente, el aire ya no se espesaba. Al contrario, sintió aire nuevo, aire distinto, aire que no había sido consumido. Entonces acostó suavemente a Krimild en la capa que el aya y los niños ya habían recuperado, y se levantó buscando si era cierto lo que sentía. Sintió que sí, y empezó a caminar hacia la puerta. Miró entre los vitrales y vio solo oscuridad, pero creyó sentir aire, y se llenó de desesperación, pues comprendió que se estaba asfixiando, que tal vez Krimild estaba ya asfixiada y próxima a la muerte. Y entonces no lo pensó, y corrió a la enorme puerta del lugar y la destrabó.

La intentó abrir apenas para oler el aire de afuera, pero no pudo, pues apenas la hizo girar un poco un aire glacial y puro como el primer aire de la tierra la hizo girar sobre sus goznes casi arrastrándolo. Abrió la otra hoja, y gritó de júbilo al viento bienhechor.

Las ráfagas entraron a la nave, y tan frías y tan frescas hicieron que la mayoría se despertara o abriera los ojos a ver que había pasado. Todos tenían un fuerte dolor de cabeza y se sentían embotados, pero se acercaron a la puerta a respirar, y respiraron, y respiraron largo rato, bebiendo casi, respirando...

Los pechos se hinchaban y bajaban, salían volutas de las narices que tenían olor a humo. Finalmente se echaron junto a la puerta, envueltos en las mantas que habían sacado, a dormir respirando aquél aire bendito y ansiado.

Y así durmieron hasta el nuevo día, el amanecer de júbilo por la vida y desolación
por la ceniza.

Friday, March 03, 2006

Morten y Krimild - I

Una figura rubia pasó entre las cabañas. Su pelo largo brillaba a las luces de las antorchas, y él corría. De los establos llegaron algunos gruñidos, y la respiración fuerte de animales pasando frío en la hora antes del alba.

Cruzó la verja del pueblo, y salió al bosque envuelto en niebla, pisando hojas secas y restos de corteza húmedos de rocío. Hacía un frío terrible en el mar de niebla en el que se acababa de sumergir, y llevaba solo un abrigo corto y pantalones. Caminó un rato entre los árboles, con los brazos cruzados para cubrirse de la helada, empezando a temblar y a mojarse la barba y los pelos de sus abrigos de piel. Encontró una piedra entre las hojas otoñales que le sirvió de asiento, aunque se empapó, y se dobló sobre sí mismo a esperar.

Esperó mientras las antorchas se veían hermosas y extrañas contra el cielo cada vez más rojo, pues desde allí abajo del barranco se veía el confín del pueblo. Miraba con la cabeza apenas levantada para no sentir el frío, y sus jóvenes ojos azules estaban llenos de ansiedad. El frío penetraba proveniente también de la piedra, y se empezó a levantar de tanto en tanto para no congelarse; pero con cuidado, pues se sentía torpe y extraño en la soledad.

Al cabo de una hora, o más, cuando la luz del día era ya evidente y en otra ocasión se hubieran levantado las amas de casa y hubieran salido ya a apagar las antorchas, empezó a oir un ruido nuevo más allá de su vista, entre las casas. A la noche, en el frío y estando en guardia, es necesaria mucha templanza para no sentir ruidos extraños crecer por doquier como una sinfonía destinada a torturar, sonidos sin sentido que no pueden provenir más que de estrañas criaturas indómitas o almas en pena. O, que no era esta vez mucho peor, un guardia que hubiera sorpresivamente decidido hacer su trabajo.

Y en verdad a cada sonido la daga labrada que había templado meses atrás temblaba dentro de la vaina. Mientras estaba sentado pensaba todo lo que podía suceder, y se mantenía en vilo, descubriendo entonces muchas más cosas de las que en verdad había. Tembló tanto que su mente empezaba a confundirse, y cuando el frío de la piedra no era más soportable empezó a temer no distinguir el ruido que estaba esperando. Pero por fortuna todas las alucinaciones de nuestro temor se disipan ante la realidad, y así lo despertó el susurro a hojas corridas y pies cuidadosos que oyó entre las cabañas.

Lo sintió venir, y alzó aún más la cabeza: pero la cubrió con su cabello para no ser distinguido de las hojas del otoño. Y podía parecer una más desde arriba del barranco, en esa luz dudosa que no había borrado aún al lucero. Sacó la daga a medias de la vaina, y se quedó absolutamente extático. El sonido estaba muy próximo, y cuando no hay ruido en el ambiente, el movimiento del brazo suena estruendoso. Miró, y ahora confundía él las hojas y los colores con lo que esperaba ver.

Una doncella vestida de largo en beige, con un gran manto claro y cabellos largos con trenzas apareció ahí arriba, junto a una antorcha. Tenía frío, y sus ojos miraban con miedo, buscando. El joven guardó la daga, y ella oyó el sonido del metal. Miró hacia allí, y distinguió la hoja dorada que esperaba encontrar, que deseaba ver con desesperación, y pudo ver sus ojos azules a través del cabello. Corrió hacia él barranca abajo, y se arrojó en sus brazos, llorando de temor. Él le acarició con mano trémula el cabello mojado, y también tenía lágrimas de frío y soledad.

Empezaron a adentrarse en el bosque envueltos en la misma capa de ella, mirando débilmente hacia atrás. Todo el calor que había allí venía a cada uno del amado cuerpo del otro, pues por lo demás imperaba la niebla y había una brisa en las copas de los árboles que sonaba desolada. Caminaron abrazados, sin soltarse un momento, a pesar de tratar de ir rápido, huyendo, y de caminar varias leguas. Sólo cuando encontrarlos sin saber en que dirección había ido se había tornado una tarea de días se detuvieron en mutuo reflejo, a besarse dulcemente, tan cerca como podían, como si la fatalidad acechara en cada pulgada que los separara. El sol ya había pasado el lánguido mediodía y luego sobrevendría el anochecer de una noche larga. Se besaron y se miraron llenos de amor, sacando en lágrimas y alientos todos los temores pasados y la desolación del porvenir, la despiadada noche a que se habían condenado. Aún temblando en la niebla, y entre lágrimas que estaban ya frías al caer en el césped se envolvieron en la capa y en el mullido pasto sus cabellos se mezclaron en el calor del lecho nupcial. Se encontraban sus ojos acuosos y rojos de amor y se dieron calor envueltos en la soledad, tantas veces como necesitaban para no morir de frío. Y es que el frío asaltaba, penetraba por todos los dobleces de la capa húmeda por fuera y por dentro, pero el amor que se tenían no lo dejaba colarse en sus suspiros ni en las caricias a que se abandonaban.

Mientras el sol se ponía ella se dobló contra él para sentirse amparada antes de que su sino los obligara a seguir. Él miró hacia alrededor a la soledad que los esperaba, a la niebla que abría los barrotes de sus mazmorras y el claro donde algunos animales que corrían a sus refugios se habían quedado unos instantes observándolos. Los miró él a su vez, y supo que esos animales dichosos no tenían que huir, pues podían correr a su madriguera, luminosa como los refugios que los elfos tienen ocultos en los bosques, cuentos de hadas en su imaginación. Pues era seguro que aquella ardilla era esperada en su hogar, donde el calor de sus cercanas era como una mesa servida con cerveza casera y cálida, llena de antorchas y con un dulce hogar, desde donde la nieve era solo belleza con que los dioses enamoran a los niños y a los amantes. Para él, la nieve era ahora la más cruel de la amenazas, el sepulcro frío y olvidado de la vida extinguida junto a la que amaba. El hogar estaba lejos y ya no existía, en un pasado que pronto se habría incendiado.

Ella acariciaba su pecho y apretaba su cabeza contra él, sintiendo miedo por lo que él miraba, sabiendo que estaba midiendo la tristeza del camino que les esperaba. También estaba atrás la dulce cabaña de piedra con tapices y mesas de fiesta, de la que el calor de vida extrañada, y en la que había dejado a sus parientes borrachos y a su pretendiente perdido entre los encantos de un engaño. Lloraba con los recuerdos de los arrebatos de aquél bruto que habían elegido para ella, de los hombres y las mujeres atropellándose y derribando los platos y los manjares, amándose como animales por los suelos y mezclando los vómitos con la buena cerveza.

Él la miró y vio sus lágrimas, y dijo:

- ¿Cómo has dejado a tu padre?

- Tirado entre un charco de cerveza y pesebre, entre los brazos de una mujer que espero fuera mi madre – sus ojos temblaron y una lágrima cayó de ellos.

Él la abrazó y besó su mejilla, dejando su aliento cálido en vez de la fría y salada lágrima.

- ¿Y tu... y tu “prometido”? – susurró.

Ella se estremeció y sollozó un poco más. El estremecimiento la lleno de deseo, y se amaron dulcemente antes de continuar, diciéndose que todo estaba bien, que ya ningún mal debían tener. Las lágrimas de ella cayeron por doquier, y salieron nuevas de amor, pero aún cuando cesaron seguía llorando levemente.

Siguió el diálogo que los llenaba de dolor:

- Le pagué a una muchacha rubia de la casa de ... – lo miró significativamente, con vergüenza y pudor – una muchacha de cabello largo, de pechos como los míos, para engañarlo. – Hablaba con dolor, en susurros, espantada de sus actos, y se abrazaba a él con fuerza mientras continuó – Puse una hierba de Freya en el hidromiel fuerte que hice servir para él... puse la hierba de Freya que la bruja Mejna me dio aquella vez. Se le sirvió hidromiel luego de que nos unieron, y yo... hice un gesto, inventé que aquello era una ofrenda a mi amado marido. Apenas bebí de aquella copa, pero él la vació en el acto, y me buscó... Me besó en la ceremonia – pasó un espasmo por su rostro – un beso horrible, cruel. ¡Ay, Morten! ¡Con verdad habla Mejna de que Freya es grande!

“Rápido y sin freno bebieron en aquellos primeros brindis, pues mi padre estaba fuera de sí y distraje a los guardias de la bodega con el mismo tesoro que guardaban. Entonces abrí las puertas de ella a los sirvientes que trajeron a la sala un tonel entero, pues mi pretendiente lo pedía a gritos, y todos coreaban que lo hiciera, algunos sacando sus armas y golpeando las mesas, o haciendo con los intrumentos un estruendo infernal, las mujeres gritando como si las atropellaran los gigantes. Y el festín empezó cuando un chorro de hidromiel salió del barril hedido y todos tendieron sus copas o sus bocas o se sumergieron en el charco que dejaba por todos lados. Y entonces abrí las puertas del armario donde había encerrado a esta muchacha, a quien compadezco, pero que parecía deseosa de ser amada por el bruto Vind, que se le aparecía fuerte y valiente como Thor, pero ¡ay! No puede decirse que sea comparable en nobleza.

“Le dí de beber hidromiel con la hierba de Freya para que solo pensara en su pasión por él, y la dejé ir, y me encerré allí a esperar, pidiendo a todos los dioses de la buena cosecha que nuestra maravillosa hidromiel hiciera se efecto, y que el engaño sirviera y nadie se molestara en distinguir a quien pertenecía aquella desordenada cabellera rubia que yacía con Vind.

“Creo que aún en la angustia y el dolor, no fueron esas horas tan malas como las tuyas, pues sabía casi por seguro que nadie entraría a mi refugio, y pronto se disipó mi miedo a que algo fallara pues el estruendo dejó de ser de voces exhaltadas para ser de incoherencias, gemidos y restos rotos de nuestra hermosa casa. Y debía atravesar el salón para venir aquí, salir abriendo hacia el amanecer la puerta principal. Nunca creí que mis ojos pudieran ver lo que he visto allí, el vacío y la bajeza de mis parientes y los que creí mis amigos que en sus desenfrenos hacían parecer mi hogar lo mismo que un campo de batalla. Temo que incluso un hombre había matado a su amada, pues llegué a ver algo que parecía sangre y los golpes habían llegado a arrancar partes de la pared de piedra.

Él la siguió mirando mientras ella hacía silencio y miraba el cielo. Susurró su nombre mientras admiraba su belleza, sus ojos, su piel y su tristeza.

- Te amo Krimild.

Abrió la capa y se vistió rápidamente, y la dejó envuelta en el suelo mientras lo hacía. Ella miraba las estrellas nacientes a través de sus lágrimas, las estrellas que amaba pero le traían soledad, y terror. Entonces sí abrió su capa y la ayudó a vestirse con dulzura. Se besaron largo rato antes de ponerse en camino, pero finalmente se levantaron y se alejaron de los árboles hacia el centro del claro. Allí el cielo abrió sus galas, brillando las estrellas mientras el incendio del poniente se extinguía. Y el incendio se iba apagando, y la Osa subía, y la estrella polar los irradiaba con su bendición. Miraron extasiados, pues no se sentían ya solos, sino que su amor había aplacado el miedo y el hambre, y el frío no era aún tan arduo. En verdad, no bajaba la niebla, y el atardecer tardaba en apagarse cuando las estrellas brillaban como el día de su creación. El lobo Fenrir tenía sus fauces bien atadas y no tapaba nada. Morten y Krimild perdían el aliento ante el espectáculo, y volvían la cabeza de aquí para allá.

Y mientras las estrellas los saludaban y el atardecer no aceptaba apagarse, la luna creciente empezó a subir envuelta en oscuridad, en una sombra aterradora. Krimild la descubrió primero, y vio a su luz un campanario afilado, y una campana repicó a esas horas extrañas. Su expresión de sorpresa y maravilla se convirtió lentamente en asombro incrédulo mientras el horror empalidecía a Morten. La luna subía y se enrojecía y se oscurecía mientras lo hacía, y las estrellas vieron pasar cuervos espantados en grandes bandadas hacia el campanario. La campana tocaba a desesperación, como si velara por la tragedia inevitable.

El atardecer no se apagaba. El sol no se iba. Y de golpe comprendieron con un cambio de viento que la niebla cálida de la noche era humo, pues su olor llegó a sus narices, el olor de lo que arde y se purifica, y queda desierto y de blanca pureza ¡en cenizas! Miraron hacia donde habían venido, al levante, las llamas que apenas asomaban hacia el cielo. Las llamas que avanzaban sobre el bosque y no dejaban bajar a la niebla. Y supieron que ya no existía más su pueblo, mientras corrían hacia la torre en busca de refugio, como los cuervos que volaban alrededor de ellos.

Tuesday, January 31, 2006

Natiuska - Dama de lo Gótico

El reino de Natiuska es una noche oscura. La noche se extiende de su alma como un sueño, y ocupa siempre su mente y su corazón. Pasa sus días y sus siglos en pulirlo, en intensificar el carmesí de la sangre, haciendo más tétrica la luz de la luna, profundizando el abismo entre las estrellas.

Tiene su morada en un gran peñasco que avanza sobre el mar como la proa de un navío. Sobre la roca fría se alza su gótico palacio, gran parte de él en ruinas, con torres afiladas y naves amplísimas. Mora y tiene su trono en la torre más alta, blanco de los violentos rayos y las frecuentes tempestades.

A la derecha de la roca, mirando hacia el mar, un río de sangre tiene su desembocadura. Las olas de hielo del océano polar batallan eternamente con el calor que conserva la sangre derramada en las montañas.

A lo largo de la ribera de ese horroroso río se extiende, desde el palacio hasta el cercano páramo, un cementerio antiquísimo. El cementerio está rodeado de una pirca relativamente nueva, aunque ruinosa, y llena de malezas; pero por adentro fue dividido muchas veces conforme le agregaban partes porque no había más espacio dentro de la muralla anterior.

La más externa, que es la más nueva, tiene muchas cruces y lápidas, ángeles llorando y algún que otro fantasma escurridizo. En la segunda las cruces carcomidas se mezclan con runas y signos paganos, y los fantasmas son más densos y malignos. Pero la tercera, la más breve e interna, es completamente pagana, y los horrores viven allí en formas espantosas, espectros aullantes y siniestros, y estatuas de seres imposibles, deformes y alarmantes. Allí los sepulcros estan a flor de tierra, muchas lápidas quebradas, y esqueletos de cuencas vacías fuera de las fosas, blancos como recién encalados. Hay varias glorietas góticas, dominadas por una especialmente alta y pálida. La maleza de allí está retorcida, negra, podrida, mezclada con huesos y, algunas veces, brilla con la forforescencia infame de la podredumbre.

Por el lado del mar, un bosque llega hasta el castillo casi desde la orilla, y se extiende hasta las montañas. Toda clase de paisajes sombríos pueden encontrarse en el bosque aquel, desde extáticos pinares nevados que parecen tallados en porcelana para una broma cruel; o valles de árboles en invierno perpetuo, muertos hasta la médula o vivos hasta atacar a los que pasan cerca de sus ramas; o regiones donde es tan densa la vegetación que jamás rayo de luz toca el suelo y las alimañas devoran hasta los gritos de sus víctimas.

Por el lado del río, más allá del cementerio, e interrumpido cada tanto por pequeños bosques de malezas, hay un páramo desolado. Está cubierto en zonas por arena, en otras por pequeñas plantas espinosas o tierra reseca. Se curva en dunas y colinas, y algunos cañones poco profundos.

Más allá del páramo y del bosque está la cordillera de hierro, alta, afilada y nevada. Un gran valle de nieve casta como una doncella de luz se extiende entre las montañas y el bosque, y allí viven, flotando levemente sobre el suelo, los corazones sangrantes de las tierras de la Dama. Hay lobos en los primeros árboles, pues viven de la sangre derramada que las ráfagas de viento extravían en el bosque. Esas mismas ráfagas traen copos y restituyen la virgindad de la planicie alba.

Natiuska pasea silenciosamente por el páramo y el bosque, y en ocasiones, sobre el mar helado. Durante los huracanes se para en un peñasco de la costa y envuelta en su manto da cara a la tempestad. Su pelo vuela entonces como un remolino negro, y su voz canta armonías lánguidas que se descanecen en el aire.

En las noches calmas de luna, pasea por la orilla que, llena de accidentes, es a veces playa de arena blanca y a veces acantilado. Las olas rompen con su ruido invariable suavemente en la arena y en las rocas, prematuramente detenidas, con fuertes estallidos. Mezcla entonces su voz con la del mar, llamando a las sirenas que no aparecerán, rogando por sus soleados cantos desde el fondo del mar.

En el cielo negro las estrellas giran lento como en todas las noches de la tierra, alrededor de una estrella qu las domina desde el cenit, recordando que los sueños de Natiuska son sueños del polo. La luna recorre ese cielo caprichosamente, como en todos lados hace. Las nubes de tormenta lo visitan a menudo, invocadas por los cantos de la dama...

Si me preguntáis... sí, la he visto vagar brillando a la luz de las estrellas, he llorado ante la tristeza de su mirada, he intentado acariciar sus cabellos y besar la punta de su manto. Me he enamorado de ella, y vuelto a esas tierras tantas veces como me fue posible.

¿Otro mortal desea visitarlas?

Tuesday, January 10, 2006

Niégal - II - En el palacio del gobernador

Fue a la casa del gobernador. La casa más importante de la ciudad, aquella que no había visitado muchas veces (a diferencia de su hermano). Los guardias lo detuvieron y, sinceramente, no supo que decir. Es lo molesto de emprender una empresa en le que no se cree.
- ¿A dónde crees que vas?
- …
Niégal extendió el pergamino, y balbució (su forma habitual de hablar con extraños):
- Vengo a traerle esto al gobernador.
El guardia era relativamente amable, y se tomó el trabajo de mirar el rollo. En realidad sabía (cosa que Niégal no) que no tenía permitido hacer ningún daño al chico ni mucho menos a la correspondencia, pero ante la evidente ignorancia del ser pequeño y balbuciente se comportaba más a sus anchas.
Lo impresionó el sello: eso lo supo hasta Niégal.
- ¡Pasá! – le dijo, abriendo camino.
Niégal no sabía a donde ir, pero traspuso las rejas y fue hacia adentro. Había un salón y un mayordomo.
- Debo entregarle esto en mano al gobernador.
El hombre odiaba ser pasado por alto, como todos los burócratas de su clase.
- Vé a las habitaciones, te atenderá más tarde.
- …
Caminó un rato por el palacio, por los jardines, leyó un poco en la biblioteca, aunque todo el tiempo sintiéndose inútil, incómodo e incluso inseguro. Entró y durmió un rato en la habitación lujosa que inexplicablemente le habían ofrecido. Se preguntó que Dios extraño era responsable de aventuras tan inexplicables, pero no por mucho tiempo, y se durmió, y se despertó, y fue llamado de vuelta al salón, esta vez, frente al gobernador.

Salón de recepción del gobernador. Treinta metros de largo, siete de ancho, columnas, patio y vitrales detrás de su sillón, de manera tal que el escritorio parece un altar y el ventanal el ábside.

El mayordomo tomó el rollo de las manos de Niégal y se lo llevó al gobernador. Niégal no hizo demasiado porque estaba persuadido de que el pergamino sería efectivamente entregado a su destinatario.
Había en el salón varias personas más, todas desconocidas. Parecían sencillamente forasteros: un hombre alto y fuerte vestido con ropas limpias y nuevas, un viajero de cabellos largos y negros (vestido con ropas de viaje) y un enano con cota de malla. El hombre fuerte parecía muy satisfecho y tenía un aire de recién sacado de la cama, mientras que los otros dos estaban más alerta.
- Los he convocado aquí porque necesito sus servicios. – empezó el gobernador, que acababa de cerrar el rollo de Niégal. – Hay una tarea que debe ser hecha, y no debería quedar asociada a la gobernación; por eso los contrataremos a ustedes. La paga será jugosa, desde luego, precisamente por los riesgos, ya que obrarán por su cuenta, sin apoyo oficial.
“Tengo entendido que todos ustedes tienen poderes especiales que les serán de utilidad – en ese punto miró a Niégal, que estaba parado algo separado de los demás, con expresión violenta. – La tarea es rescatar un objeto que se halla en los tesoros de unos traficantes.
- ¿Qué clase de objeto? – interrumpió el viajero de cabellos largos. - ¿Qué tiene de especial para que se nos solicite?
- Este objeto es… una espada. Pero es una espada especial: se van a dar cuenta cuando la vean.
- ¿Qué tiene de especial? ¿Cómo nos daremos cuenta?
- ¿Brilla? – lanzó el alto.
El gobernador miró algo exasperado.
- Tenemos que recurrir a ustedes porque nadie debe saberlo… - ¿está arrepentido de contratarnos a nosotros? - Este objeto, esta espada, está oculta en lo profundo de los sótanos de los enanos traficantes, que por algún extraño sistema envían objetos a grandes distancias. Esos sótanos, como las cámaras de seguridad del banco, son secretos y están muy bien guardados. Eso quiere decir: no les permitirán entrar sin violencia.
“Esta espada tiene... unas almas atrapadas en su interior. Es un objeto importante, que debemos cuidar que no caiga en manos de quien la pidió. Simplemente digamos que si cae en sus manos puede ser desastroso.
- ¿Pero si es realmente tan importante, como es que no justifica intervención oficial, por qué nosotros, sin ayuda de vuestros guardias o...?
- Ya he dicho que no debe trascender... no debe quedar ligado al gobierno. Sin embargo es muy importante que sea hecho. La paga será... abundante.
- ¿Cuánto? – dijo el hombre alto.
- Y, serán... 10.000 piezas de oro.
- ¿Nada más? ¿Sin apoyo oficial? – el hombre parecía indignado.
- ¿Tan solo 10.000 mi señor? – dijo el viajero de cabellos largos. - ¿No es demasiado riesgo, sin apoyo, por 10.000?
- Bueno... 20.000. No más. Pero debe ser hecho pronto, y bien hecho. No sabemos en qué momento puede suceder que la envíen. Ahora vayan, quiero que me traigan la espada, pronto. Vean como se las arreglan. El premio es jugoso, deben confesarlo. Tendrán armas en la armería, si desean. Ahora, adios.
- ¿Eso es todo mi señor, entonces? – preguntó el viajero.
- Así es. Nos veremos entonces. Adios.
Salieron, se despidieron brevemente (olvidando acordar donde encontrarse luego) y se separaron.

Wednesday, December 21, 2005

Atribulado

¿Qué buscas en las tinieblas, alma atribulada?

¡Luz!

¿Y qué hacés internandote en el bosque para hallarla? ¿Cómo te falla así la inteligencia? ¿No has visto que es precisamente en las sombras donde no la hallarás?

¿O es que no quieres contentarte con la luz del sol? Vas a las tinieblas... ¿a encontrar una mayor?
¿Piensas que por ser difícil el sendero al final tendrá que brillar una luz más fuerte?

Dijo el religioso: en vano amamos las sombras, engaño de soberbia. Somos sólo espejos: si no estamos frente al sol, se extingue toda nuestra lumbre.

Dijo el anti-cristo: No hay tal cosa como un sol. Es sólo otro espíritu como vos que quiere encandilarte. Ve a las tinieblas donde podrás hallar y hacer brillar tu propia luz, para tu universo de sueños.

Dijo el hombre: ¡Ay de mi, que sólo aspiro a más luz! Por momentos me deslumbra el mediodía y huyo... en otros momentos, en lo profundo de las cavernas, seres escalofriantes se deslizan y me cercan, y lloro, canto y alabo los débiles rayos del primer albor.

Marcho hacia las sombras de mi condena a encontrar la luz de mi espíritu y alumbrar los claros de este bosque sombrío... ¿he de ser condenado por eso? ¿He de hallar trabas y dolores por buscar la luz en mi interior, obligado a abandonar el brillo del sol?

Dijo el temeroso: ¡Es que tu luz es del maldito! Otro engaño de él... pues no hay ninguna luz en tu interior. Eres nada más que el reflejo del Supremo, y sin su calor te extingues. ¿No es la tiniebla suficiente prueba para tu intuición? ¿No se rebela de pavor y dolor tu alma al observar el mundo desolado por el que vagan los ángeles caídos? ¿No temes las llamas que han llevado tal miseria a los campos de cenizas y a los pantanos donde agonizan los bosques?

¡Mira el volcán encenderse y preparar para tí algo de su fluído arrasador! La única luz de los páramos helados la emite la erupción de la destrucción. ¿Irás a buscar tu destrucción... por nada?

¡No hay luz en tu interior!

Dice el seductor: Engaños, engaños para los mortales. No existe tal cosa como un Dios, no existe un máximo sol. Sólo eres tú y el mundo caído. Toma posesión de él... o desaparece. Si quieres, puedes vagar en los velos de mi luz, o de la luz de algún otro engaño, pero tu luz la encontrarás en las profundas cavernas.

El atribulado: ¿Por qué debo marchar hasta el fondo de las entrañas de la tierra antes de saber si mi luz es verdadera? ¿Es que mi luz es tan débil que sólo brillará para las más malignas de las criaturas, los abortos sempiternos de las profundidades?
¿Es mi luz negra? ¿Es mi luz mal?

Dijo el cantor diurno: Me alegro por ti... empiezas a ver el sendero. El único sendero... el sendero luminoso. Marcharás por el atardecer, pues tal es tu condena, hasta haberte librado de la tentación de la oscuridad. La luz esperará siempre, pues su brillo es eterno, y las almas la elegirán al final.

Dijo el caído: ¿Te dejarás engañar? Miserable... te desprecio. Parece ser que tu alma no llega más lejos que a ver su luz en su propia sombra... y no acude a darla a los astros en sombras mayores. Pero tu camino en crepúsculo, al que te ha condenado el Luminoso... estará lleno de obstáculos para que vuelvas a la oscuridad.

¿No lo ves?
Ninguna luz ilumina siquiera tu camino... ¡Hazlo tú!

El atribulado: Pero hacer yo el camino... ¿no es ya marchar por las tinieblas?

El diurno: me temo que a eso... estás condenado. Simplemente evoca la luz en tu mente todo el tiempo y llegará a ser real para ti. Sigue el camino que yo te ordenaré, que te guiará pronto hacia la luz.

Atribulado: ¿Seguiré un camino... que no sea el mío? ¿Seguiré un camino... que no me conduzca sin duda a la luz?

¿Qué hago en el medio de este bosque?
Un gallo acaba de cantar. ¿El amanecer?
Un lobo aullando. ¿Se alza la luna?
El rugido del océano. ¿Se acerca la tempestad?
Se agitan las hojas por todos lados... pero no las veo. Oigo gotas de lluvia, gotas negras para mis ojos nocturnos, oigo ráfagas alzándose con violencia.

¿Qué he venido a buscar a estas tinieblas?

¡Luz!

Friday, December 16, 2005

Niégal - I - Nacimiento

Niégal nació segundo hijo de un rico comerciante. Los habituales augures hicieron a su nacimiento las habituales profecías ambiguas sufrirá, pero será feliz. Si se esfuerza llegará a ser grande. El comerciante estaba orgulloso, aunque lamentaba que el niño pesaba una pesa menos que el anterior.
Niégal creció y no se hizo ni fuerte ni aguerrido. En realidad, tampoco creció demasiado. Lejos de lo que su padre hubiera querido, se dedicó a aprender, a estudiar y a crecer en sabiduría… y se hizo un ser taciturno, acostumbrado a ser dejado de lado, al que incluso se consideraba poco viril.
Tal vez la presión sobre el niño para llegar a ser un héroe mitológico hubiera sido más grande (o más efectiva) de no haber en la familia quién ya cumplía con creces esas expectativas: su hermano mayor Henchan. Él era un guerrero dorado, mítico, que llenaba un salón entero de la casa con sus trofeos en la arena y los recuerdos de enemigos vencidos. Era admirado por todos, saludado y endiosado. Parecía que todo lo que no tenía Niégal lo tenía Henchan, e incluso Niégal estaba convencido del mito de su hermano. Empezó a creer que realmente no valía…
Hasta que apareció Freya. No era que ella lo aceptara: al contrario. Pero él no tenía duda, cuando veía lo que sentía y lo que era capaz de hacer impulsado por el amor, que pese a todo, valía. Que rechazado por su hermano, por su padre, incluso por Freya, algo de él tenía el poder de opacar todo lo que sucedía por allí. En principio, estaban los libros, que si bien su padre no apreciaba en absoluto, eran un mundo donde él era el más poderoso. Pero además, tenía la intuición de estar trabado, porque le resultaba imposible concebir que del mismo padre nacido, él no tuviera nada del mito de su hermano.

Así llegó a los 18 años de edad. Su padre estaba cada día más decepcionado de él, y empezó a pensar en cómo deshacerse de esa vergüenza. La mayoría de la gente había olvidado que Henchan tenía un hermano.
Un día, en la biblioteca, terminó de leer un rollo y miró a su alrededor. Cayó en la cuenta de que ya había leído la mayoría de lo que había en ese lugar. Si realmente quería saber más, seguir aprendiendo sobre el mundo y (su secreta motivación) entender su desgracia, tendría que encontrar un lugar más grande. Ese mismo día, como si hubiera estado planificandolo en su interior durante mucho tiempo, tomó algunas cosas y se fue.
Tomó el camino de salida del pueblo y caminó un largo trecho mirando el paisaje. Había aves, árboles variados… y abruptamente, una sensación de alerta. El camino empezó a pasar a través de él, se deformaba ante sus ojos y ante sus pies. El bosque avanzaba y retrocedía. Todo sucedía en su mente, desde luego.
Siguió caminando sin hacer notar lo que percibía a los ojos de las aves: pero por lo que pudo ver en donde sus confundidos ojos se apoyaban, los cuervos lo miraban unánimemente, y había ojos en los huecos de los troncos.
Empezó a correr, huyendo de la nada. La sensación de alerta aumentaba y ya estaba a punto de tropezar. Los graznidos de los cuervos se estiraban en sus oídos en notas agudas llenas de palabras, y los árboles estiraban las ramas hasta golpearle la cabeza con nudillos de frutos. Se detuvo en seco, y gritó:
- ¡Salí! ¿Quién está ahí?
El universo fue recuperando su forma. Giró su vista, y finalmente encontró algo raro que ameritara lo sucedido: un individuo de barba larga blanca, sombrero enjoyado y manto violeta bordado con hilos de oro estaba sentado frente a él en una rama caída. La descripción es más fácil si asumimos, como Niégal, que era un mago.
- ¿A dónde vas? – preguntó el mago.
- ¿Qué te importa? ¿Por qué me perseguís?
- A nosotros nos importa todo. – Niégal no lo admitió en su expresión, pero dejó caer en su memoria estás palabras y las meditó. “¿Nosotros?”
- ¡No tengo por qué explicar nada a nadie, y menos aún a quién me persigue y me asusta! Hacedme el favor de salir de mi camino. – inmediatamente se arrepintió del trato formal que había usado, que traicionaba la sensación que crecía en él de que ese hombre no era un molesto ni un bandido ilusionista que dejar de lado.
- ¿A dónde vas? – insistió el mago.
- ¿Quién sos?
- Yo sé quién sos vos, y a donde vas. ¿No te basta con eso? Manejamos muchas cosas y sabemos muchas más. Vine a hacerte una recomendación.
Niégal se quedó perplejo ante esas palabras. No le daban lugar a brecha argumental: es verdad que el individuo no había dado pruebas de saber nada, pero todo su ser emanaba conocimiento y algo que Niégal intuía y reconocía. Miró la sonrisa autoconvencida del hombre, esa sonrisa casi insoportable de maestro ante un alumno que chilla, y se sintíó subyugado. Lamentó que no era tanto la percepción de algo extraño allí lo que lo subyugaba como el hecho de que estaba acostumbrado a que le ordenaran.
- Yo que vos… volvería a mi pueblo.
- Vengo huyendo de allí… mi hermano y mi padre…
- Vuelve a tu pueblo. Allí encontrarás lo que buscas.
Niégal lo miró exasperado pero atento. No dijo lo que su mente repetía mi hermano y mi padre.
El hombre metió una mano en el manto y sacó un rollo sellado con lacre sangriento y un sello poderoso. Se lo extendió a Niégal.
- Daselo al gobernador del lugar, de mi parte.
- ¿Por qué me habría de creer?
El hombre señaló el sello, y Niégal miró aunque no vio nada.
- Ahora, vuélvete. ¡Cumpli tu misión!
Desapareció con bastante menos lío que con el que había aparecido. Niégal se dio la vuelta y empezó a caminar hacia al pueblo, mirando el pergamino de vez en cuando.